«El corazón helado», la larga y, aún así, excelente novela de Almudena Grandes


Y lo acabé. Son casi mil páginas; mil páginas llenas de buena literatura, pero son muchas páginas para un solo libro. ¿Un solo libro? Puede ser, pero con varias historias, algunas tan desarrolladas que por sí mismas merecerían un volumen para cada una. Esa variedad y profundidad obliga a una miríada de personajes y de tiempos narrativos que, en mi opinión, debilitan el interés del lector, pero no llegan a anularlo gracias a la minuciosa y visual prosa de Almudena Grandes. De hecho, estoy seguro de que de en ningún otro libro he anotado tantos fragmentos como en este; en muchos de esos retazos es apabullante la belleza y maestría de su factura.

El estilo de la autora demuestra un control absoluto de la técnica narrativa:
  • en las repeticiones, por ejemplo. Recurre a ellas con frecuencia y se preocupa de hacérselas evidentes al lector, que las recibe, no como torpezas sino como muestras de un estilo preocupado por el ritmo. Un ejemplo: he llegado a contar las treinta y tres veces que se repiten «las caderas de la protagonista» como «eje sobre el que gira el mundo» . Así mismo, son recurrentes las enumeraciones que se repiten, tal cual, unos cuantos párrafos más adelante.
  • en la narración en primera persona para uno de los dos protagonistas y en tercera persona para el otro, de forma que se van alternando. Gracias a ello, el lector no se pierde en ningún momento. Cada uno de los protagonistas, aunque se relacionan entre sí casi desde el comienzo, sirven como referente de sus respetivas familias.
  • en las continuas antítesis para reflejar sentimientos o emociones, como cuando dice que «el verbo creer es el más ancho, el más estrecho de todos los verbos.»
  • en la necesidad de explicar lo que sucede en más de una y dos formas diferentes, como si quisiera asegurarse de que el lector entiende bien lo que quiere decir. Para ello recurre con frecuencia a comparaciones y metáforas que confirman la portentosa imaginación de la autora.
  • en la utilización de diversas formas narrativas, como en los párrafos exentos de signos de puntuación a lo largo de varias páginas, o en la lectura de una carta intercalada con pensamientos, lectura que repite en tres ocasiones, añadiendo pequeños matices cada vez.
  • en la facilidad para mezclar los versos de un poeta con el propio discurrir de la trama; como en los de Miguel Hernández engarzados con los pensamientos del protagonista: «Hablé y hablé durante mucho tiempo, todo el que hizo falta para escarbar la tierra con los dientes, para apartar la tierra parte a parte, para minar la tierra hasta encontrar a Teresa González Puerto, y besarla en su noble calavera, y desamordazarla, y regresarla desde el fondo del hoyo en el que su hijo la había enterrado.»
Y sin embargo, este estilo puede ser su mayor debilidad ya que necesariamente deriva en una ralentización de la historia y en aumento de la extensión de la obra que, según qué lectores, puede que no sea de su agrado. De alguna forma, me recuerda a En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, una novela que se suele amar o detestar.

Mencionaré también que novelas como esta, que parten de la Guerra Civil Española o de su posguerra, me suelen provocar rabia e impotencia; rabia contra aquellos desalmados que destrozaron el proyecto de una España moderna, culta y a la vanguardia europea de libertades y derechos; e impotencia porque ya no se pueda hacer nada por remediar las consecuencias de aquello, agrandadas por la desmemoria de muchos, aun hoy, que consigue ocultar todo el terror y sufrimiento que provocó la dictadura franquista.

Termino con una pequeñísima muestra de fragmentos que he anotado y que por sí mismos ameritan la lectura de esta grandiosa, en más de un sentido, novela de Almudena Grandes:
  • A principios de marzo el sol sabe engañar, fingirse más maduro, más caliente en las últimas mañanas del invierno, cuando el cielo parece una fotografía de sí mismo, un azul tan intenso como si un niño pequeño lo hubiera retocado con un lápiz de cera, el cielo ideal, limpio, profundo, transparente, las montañas al fondo, los picos aún enjoyados de nieve y algunas nubes pálidas deshilachándose muy despacio, para afirmar con su indolencia la perfección de un espejismo de la primavera.
  • Lisette era pequeña y concentrada, azucarada y brillante, densa y los ojos rasgados, maquillados con sabiduría, los labios gruesos, rojizos, un cuerpo compacto, menudo y esbelto, con las curvas justas, muy acentuadas, y la piel lujosa, mullida, del color que tienen los caramelos de café con leche.
  • Mi interés, casi mi obsesión, por recordar datos sueltos, imágenes, palabras, acordes discordantes en la melodiosa figura del hombre que yo había conocido, sometía mi memoria a una tensión extrema de resultados engañosos, desleales con la realidad, a base de forzar interpretaciones complejas de los hechos más simples.
  • Raquel no entendió el sentido de esas palabras, pero adivinó que el repentino interés de su abuela por arrastrarles a la terraza más cercana no pretendía otra cosa que reemplazar aquellos puntos suspensivos con un punto y final.
  • Su abuelo sonreía como un niño pequeño, como un adolescente feliz, como un estudiante fervoroso, un soldado valiente, un fugitivo con suerte, un abogado tranquilo, un luchador resignado y un madrileño lejos de Madrid, como todos los hombres que había sido, como todos los que volvió a ser en ese instante, apenas un segundo, el tiempo suficiente para pensar que tal vez hubiera llegado el momento de firmar la paz consigo mismo.
  • Mi corazón volvió a desbocarse cuando entré en un gran recibidor cuadrado y vi, al fondo, un salón descomunal, y mucho más lejos aún, una terraza que parecía precipitarse en el aire, como si estuviera a punto de echarse a volar sobre el cielo de la ciudad.
  • Cuando sonreía, tu padre parecía un sol de esos que pintan los niños pequeños, un globo amarillo, coloreado hasta romper el papel y lleno de rayos.
  • Fernando no sabía estarse quieto, no había querido, no había podido aprender a dejar pasar las horas, los días, las semanas, en los niveles de actividad sostenida, rutinaria, que para los demás definían la madurez y para él no eran más que otro nombre de la inactividad.
  • Había paciencia en la mirada de su prima, paciencia y no resignación, paciencia y no humillación, paciencia y una serenidad fácil, cómoda, casi ecuánime, hasta insensible y por eso despiadada.
  • Preferían morir a vivir en España, ellos, que eran España.
  • […] en ese instante, María Muñoz descubrió que la indignación era anaranjada, fría y caliente a la vez, dulce mientras trepaba por la garganta, seca al estallar contra el paladar […]
  • […] caía una nieve tan espesa que se podían contar los copos.
  • […] ella me respondió con una mirada casi asustada, capaz de abarcar de un golpe su asombro y mi desamparo.
  • Mi corazón trepó hasta mi boca con la pericia de una mascota bien entrenada y el impacto fue tan violento que ni siquiera me fijé en que no estaba sola.
  • Mi padre era atractivo, rico, poderoso e inculto, como suelen ser incultos los hombres ricos y poderosos, no porque no sepan muchas cosas, que él sí las sabía, sino porque se comportan como si todo lo que ignoran no existiera, como si no sirviera para nada, como si careciera completamente de importancia.
  • […] abrió los ojos, que relucían como dos espejos de agua en el incendio arrebatado y adorable de su cara […]
  • […] se parecían tanto como dos barras de pan cocidas en el mismo horno, una con mucha levadura, la otra sin ella.
  • […] la guerra le había despojado con sus dedos sencillos, despiadados, de su cómodo abrigo de cinismo.
  • […] —preguntó Ignacio a su vez, mientras sus venas se llenaban de escarcha—.
  • Así pude distinguir con precisión el color del pánico, y medir en mi propio estómago el volumen de la cantidad de nada que cabe en el vacío.
  • No podía reprocharle su crueldad sin humillarme, y por eso, y porque estaba probando el sabor de la cólera, dije lo que no debería haber dicho nunca, lo que nunca había querido pensar, lo que no me había atrevido a escuchar ni siquiera de mí mismo.
  • España no era un país, sino […] un grano rebelde que, sin picar mucho, tampoco deja nunca de resultar molesto.
  • Desea el hombre una cosa, parece un mundo, luego que la consigue, tan sólo es humo, unos versos tan simples, tan complejos, tan elegantes, tan exactos, tan rotundos, tan pequeños y tan universales a la vez en aquella voz astillada, aguda y ronca, fina como el cristal, como una aguja gozosa, un arma transparente.
  • Entre quedarse con algo y quedarse sin nada, todo el mundo prefiere quedarse con algo. Eso no es elegir, es más bien no elegir, porque la nada no puede compararse excepto consigo misma.
  • El sol caía sobre nosotros como si pretendiera aplastarnos contra las aceras […]
  • Ahora ya lo sabía todo, a un lado y al otro de aquellos ojos que me quemaban, que me dolían, y que deberían ser capaces de curarme.
  • Una maleta cerrada puede llegar a ser un objeto tan triste como un sueño cumplido, desprovisto de las ilimitadas esperanzas que caben en ella cuando aún permanece abierta sobre una cama.
  • Por un instante, creí que me daba miedo, luego pensé que me daba pena, y más tarde que lo mejor sería que me diera igual.

Acompañemos a Jonathan Swift en «Los viajes de Gulliver»


En pocos libros hasta ahora he sentido una necesidad tan imperiosa de escribir acerca de él. Es como si hubiera provocado un terremoto en mi cerebro y este necesitara explicarse para evitar males mayores.

Cortázar nunca defrauda, tampoco en «Deshoras»


Puede que la trama de algún cuento no te guste o que no la entiendas, pero incluso en esos casos encontrarás frases que te asombran por la altura literaria a la que volaba Julio Cortázar.

Mi dificultad para leer bien «El rey Lear», la obra de teatro de William Shakespeare


Empiezo por la conclusión: en el futuro evitaré leer obras de teatro traducidas al español y escritas originalmente en verso en inglés medieval, aunque su autor sea Shakespeare.

Joseph Conrad siempre será uno de los nuestros gracias a su «Lord Jim»


Comienzo por decir que, aunque he procurado no hacerlo, no me ha quedado más remedio que revelar algunos aspectos del argumento. Además, este artículo lo he redactado en tres momentos diferentes. Prometo que lo hecho así para conseguir que no solo no decaiga sino que se incremente el interés por la lectura de esta novela.

De cómo me enamoré de Jorge Amado con «Gabriela, clavo y canela»



Me siento obligado a avisar de que, en esta ocasión, para decir lo que quiero decir, desvelo algunos aspectos de la trama.

Raquel Albizu deslumbra con los secretos en su novela «El bote de canicas»

 


Redonda. Dícese de la obra que es «perfecta, completa y bien lograda». Esta definición que da el Diccionario de la lengua española para la palabra «redonda» es la que mejor se ajusta a esta novela, la primera de Raquel Albizu. Si no fuera así, cómo es posible que:
  • desde el comienzo uno se intrigue por saber qué secretos esconden los protagonistas;
  • trate con inteligencia temas universales como la envidia, la vergüenza o la crueldad;
  • se entremezcle la narración del presente con lo sucedido en el pasado sin que el lector se dé cuenta;
  • se disfrute de una narración clara y eficaz, escasa de rebuscadas e innecesarias metáforas;
  • se desarrolle la historia en un contexto rico de detalles; y
  • se trame todo a través de una estructura ligada con el juego de canicas, que da título a la obra.

«La ridícula idea de no volver a verte», un libro inclasificable de Rosa Montero




No suelo atender las palabras dichas a modo de alabanza de alguien que acaba de fallecer ni, menos, las que se dirigen a un muerto, como ignorando que no las va a escuchar: resulta evidente que dichos discursos se dirigen en realidad a los oyentes vivos. Por eso me resultan, en buena medida, impostadas. Marie Curie, en el diario que escribió tras la muerte de su marido, Pierre Curie, y que se incluye al final de este libro, es cierto que parece hablar con su marido, pero, a diferencia de los falsos aduladores, ella lo hace sin la intención de hacer público su doliente monólogo. De alguna forma, me recordó el de Carmen, la protagonista de Cinco horas con Mario, la novela de Delibes, que ya comenté en este blog (aquí).

Descubriendo a Manuel Vázquez Montalbán en «Los pájaros de Bangkok»

 


Lo primero que suele ocurrírseme cuando termino de leer un libro que me ha gustado es «cómo es posible que no haya leído antes nada de este autor»; después me digo «tengo que leerme toda su obra», para finalmente reconocer que «bueno, tampoco es eso, hay muchos otros autores y libros, y lo mismo hay alguno que incluso me guste incluso más».

Dos fragmentos y poco más de «El juguete rabioso», una novela de Roberto Arlt


Libro extraño, que me ha resultado indiferente en su conjunto, pero con abundantes momentos deliciosos, como el siguiente:


«Creía verla fuera del tiempo y del espacio, en un paisaje sequizo, la llanura parda y el cielo metálico de tan azul. Yo era tan pequeño que ni caminar podía, y ella, flagelada por las sombras, angustiadísima, caminaba a la orilla de los caminos, llevándome en sus brazos, calentándome las rodillas con el pecho, estrechando todo mi cuerpecito contra su cuerpo mezquino, y pedía a las gentes para mí, y mientras me daba el pecho, un calor de sollozo le secaba la boca y de su boca hambrienta se quitaba el pan para mi boca, y de sus noches el sueño para atender a mis quejas, y con los ojos resplandecientes, con su cuerpo vestido de míseras ropas, tan pequeña y tan triste, se abría como un velo para cobijar mi sueño.»


Momentos mezclados con fragmentos crudos, pero muy lúcidos, como cuando define sagazmente la psicología del vendedor típico:

«Para vender hay que empaparse de una sutilidad "mercurial", escoger las palabras y cuidar los conceptos, adular con circunspección, conversando de lo que no se piensa ni cree, entusiasmarse con una bagatela, acertar con un gesto compungido, interesarse vivamente por lo que maldito si nos interesa, ser múltiple, flexible y gracioso, agradecer con donaire una insignificancia, no desconcertarse ni darse por aludido al escuchar una grosería, y sufrir, sufrir pacientemente el tiempo, los semblantes agrios o malhumorados, las respuestas rudas e irritantes, sufrir para poder ganar algunos centavos, porque "así es la vida" [...] No parecerá entonces exagerado decir que entre un individuo y el comerciante se han establecido vínculos materiales y espirituales, relación inconsciente o simulada de ideas económicas, políticas, religiosas y hasta sociales, y que una operación de venta, aunque sea la de un paquete de agujar, salvo perentoria necesidad, eslabona en sí más dificultades que la solución del binomio de Newton. [...] Además, hay que aprender a dominarse, para soportar todas las insolencias de los burqueses menores. [...] Por lo general, los comerciantes son necios astutos, individuos de baja extracción, y que se han enriquecido a fuerza de sacrificios penosísimos, de hurtos que no puede penar la ley, de adulteraciones que nadie descubre o todos toleran. [...] El hábito de la mentira arraiga en esta canalla acostumbrada al manejo de grandes o pequeños capitales y ennoblecidos por los créditos que les conceden una patente de honorabilidad y tienen por eso espíritu de militares, es decir, habituados a tutear despectivamente a sus inferiores, así lo hacen los extraños que tiene necesidad de aproximarse a ellos para poder medrar.»


Pero si tengo que elegir, prefiero los párrafos como el que me ha servido para introducir esta pequeña reseña. Efectivamente, el Arlt que me gusta, el que me emociona es el que muestra el lado entrañable en medio de la miseria. No deja de ser un último rayo de esperanza que nos permite darnos cuenta de que hasta la persona más ruin es, o por lo menos fue, un ser humano con sentimientos nobles.

En resumen, se trata de una enumeración de vivencias, eso sí, fenomenalmente bien descritas, que no es poco.

Leer «El infinito en un junco», un ensayo de Irene Vallejo, para disfrutar de un viaje por la historia de los libros



Solo puede haberse escrito esta obra desde el amor casi reverencial por los libros y, sobre todo, por la escritura, esta habilidad estrictamente humana que ha permitido trascender personas, épocas y regiones.

Adentrándome en «El túnel», una novela de Ernesto Sabato


En ocasiones uno lee porque no sabe hacer nada mejor. Unas veces se disfruta, otras no tanto; frecuentemente se está deseando llegar al final; en pocas se desearía demorarlo para siempre. Que pase una cosa u otra depende del libro, claro, pero también del estado de ánimo con que uno se encuentre, de las expectativas, del hueco que el libro pretendía llenar.

Reflexionemos sobre la dignidad con «Los restos del día», una novela de Kazuo Ishiguro


Un buen libro puede entretener pero, sobre todo, debería hacer pensar, tendría que hacernos dudar de nuestras creencias; si solo las confirma, habremos pasado un buen rato leyéndolo, pero inmediatamente después de terminarlo nos ocuparemos de lo siguiente en nuestra lista de actividades diarias sin que se vuelva a rememorar lo leído; si acaso, se buscará otra lectura del mismo autor.

Muchos más que «Padres e hijos» en la novela de Ivan S. Turguéniev


Al margen de lo que conocía de esta novela por lo que he leído en otros libros (sociología de la prerevolución rusa), no me cabe duda de que Turguéniev pretendía mucho más que mostrar unos cuantos caracteres sociales. Más bien creo que, aprovechando o poniendo como excusa esos caracteres, el autor intentó reflejar en su obra la eterna división de la naturaleza humana basada en el siguiente planteamiento: cuanto más consciente se es de nuestra condición existencial, menos feliz se puede llegar a ser. Además, una vez que se sabe lo que se es, es casi imposible regresar al estado de ignorancia que permitía ser feliz, como sucede, por ejemplo, con el paso de la juventud a la madurez. En aquélla todo era ilusión porque no se hacían preguntas acerca de la propia situación personal. En la madurez ha desaparecido la ilusión ya que se sabe cuál será el final, de modo que las preguntas que se hacen ya no tienen respuesta.

El atrevimiento de «El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde», de Robert Louis Stevenson


Si nos fiamos del tópico, esta novela corta, o nouvelle, es una alegoría de la naturaleza dual del ser humano: el bien y el mal luchan sin descanso y del enfrentamiento resultan buenas personas, malvadas y, en la mayoría de los casos, personas normales en las que no predomina ninguno de los dos perfiles, o al menos durante mucho tiempo. Esta sencilla categorización, bastante maniquea, me ha recordado una algo más sofisticada de Carlo Maria Cipolla, de su libro Allegro ma non troppo, que divide a la humanidad en cuatro grupos, de menos a más deseables: los estúpidos (se perjudican ellos y perjudican a los demás), 
los malvados (se benefician ellos a costa de perjudicar a los demás), los incautos (se perjudican a sí mismos aunque benefician a los demás) y los inteligentes (actúan tanto en su beneficio como en el de los demás). A poco que nos paremos a pensar, seguro que se nos ocurren más subdivisiones, dada la enorme complejidad y diversidad de la que estamos dotados como especie. Tras esta pequeña digresión, que pretendía cuestionar el tópico dualista tan extendido para justificar la novela de Stevenson, regreso a aquella.

Yo también hablo de «El guardián entre el centeno», novela de J.D. Salinger

 




He aquí un libro que no deja indiferente. O te enamoras de él o lo odias. O descubres mil facetas de la naturaleza humana que te confirman lo que ya sospechabas, o no encuentras ningún sentido a los tres días en los que transcurre la aparentemente trivial aventura de Holden, el protagonista adolescente. O alucinas con la habilidad del autor para caracterizar a cada uno de los personajes a través de sus diálogos, sobre todo a los más jóvenes, o reniegas del lenguaje barriobajero, muchas veces soez, de Holden. O...

Viajando con Matsuo Bashô por las «Sendas de Oku»



Más allá del soneto y hasta de la medieval cuaderna vía, existe poesía. El haiku es un ejemplo de ello. Los primeros haikus se suponen escritos en Japón tan temprano como en el siglo VIII, aunque se acepta que no se llegó a la plenitud de su desarrollo hasta el XVII, gracias al monje Matsuo Bashô, autor del librito que acabo de leer.

«Queremos tanto a Glenda» y a Julio Cortázar, el autor de este libro

Continúo visitando a mi admirado Cortázar, siempre como un aficionado que se asoma a su prosa con el ansia de disfrutarla y, de rebote, esperar que alguna pizca de su maestría decida habitarme.

El Existencialismo de Sartre a través de su novela «La náusea»

Por lo que creía saber de Sartre como filósofo esperaba que esta fuera una novela de lectura difícil. No lo ha sido en absoluto. El argumento de la historia es claro, la prosa es sorprendentemente accesible sin que renuncie a mostrar las emociones más íntimas del protagonista, Antoine Roquentin, un alterego, parece, del autor.

Me ha agotado mi segundo acercamiento a Byung-Chul Han,«La sociedad de la transparencia»

Me ha venido grande. Cuando leí el ensayo La sociedad del cansancio, también de Han, quise continuar profundizando en el pensamiento de este filósofo contemporáneo. Me equivoqué. La sociedad de la transparencia me ha resultado demasiado inextricable; como en estos ejemplos:

Otro más que quiere descifrar «Alicia en el País de las Maravillas», de Lewis Carroll

Libro infantil para unos y, para otros, obra maestra del género nonsense (sin sentido), género solo apto para adultos. Leer Alicia en el País de las Maravillas siempre ha supuesto un reto para mí precisamente por aquella dualidad, agravada por conocer la totalidad de la historia tras haber visto varias veces la película homónima de Disney.

Sigo desorientado tras releer «La tercera mentira», de Agota Kristoff

En pocas novelas como en esta me ha costado tanto empezar a escribir sobre ellas. Normalmente hay algún aspecto que resalta sobre los demás y que me sirve de chispa para iniciar el comentario. Con La tercera mentira no solo no he encontrado ese punto de arranque sino que me mantiene desconcertado. ¿Fue esta la intención de la autora, ofuscar al lector, romperle sus esquemas? Nunca lo sabremos.

Destrozado pero feliz tras empaparme con «La lluvia amarilla», novela de Julio Llamazares


Escuché decir a Julio Llamazares, autor de esta novela, que la auténtica literatura no se conforma con entretener sino que, sobre todo, busca provocar emociones. Hace tiempo habría coincidido con él; sin embargo, reconozco que he ido cambiando (no me atrevo a decir «evolucionando»), y ahora ya no estoy tan seguro. El no aburrimiento o «entretención», como la denomina el escritor Alejandro Zambra en su ensayo Tema libre, se da si existe emoción. Uno se entretiene jugando al parchís porque se emociona al jugar, por poco que sea. Lo que, traducido a la literatura, vendría a decir que todos los lectores buscan emocionarse, unos mediante la «entretención», otros mediante el descubrimiento de nuevas y afortunadas metáforas, otros con una intriga galopante, otros...

Continúo con Agota Kristof gracias a su novela «La prueba»

Segundo libro de la trilogía Claus y Lucas. En el primero, El gran cuaderno, que ya comenté en este blog, aquí, dos hermanos escriben sus memorias, hasta que se separan. En esta ocasión Lucas, uno de los niños, ya es un joven adulto que vive en una ciudad gris de posguerra en la que, sin embargo, surgen personajes que interaccionan con él, a veces a su pesar.

El incendiario «Fahrenheit 451» de Ray Bradbury


Mientras leía este libro me olvidé de mis prejuicios contra la ciencia ficción, y me alegré de haberlo hecho. Gracias a ello he podido disfrutarlo o, lo que es lo mismo, sentir las angustias y las esperanzas del protagonista, Montag, a pesar de situarse en un mundo distópico, tan lejano de mis lecturas habituales.

Un interesante pero difícil ensayo de Emilio Lledó: «El silencio de la escritura»

Con este libro me equivoqué. Me lo recomendó un amigo, creo que porque me supone mejor escritor de lo que en realidad soy. Me ha costado horrores entenderlo y, no lo he conseguido siempre, pero de vez en cuando, más bien de tarde en tarde, aparecía una «perla» que me convencía para no abandonar.

Por fin mi novela, «Viento», ya está disponible en Amazon



«¿Cuándo es demasiado tarde para cambiar en la vida? Esta pregunta y otras parecidas tuvo que hacerse Jon, el protagonista de esta novela. La forma en la que respondió no le resultó la más cómoda, pero es que preguntas cómo aquella requieren de un valor no muy extendido entre nosotros. Para ello, Jon tuvo que ir hasta Nueva York para renacer, pero ¿fue suficiente con eso? Tendrías que leer su historia para saberlo.»

La profunda sencillez de «Intemperie», una novela de Jesús Carrasco


De tanto husmear en las palabras se me había olvidado el placer que se siente al leer algo bien escrito, hasta el punto de que necesito decir que este libro me ha encantando (¡qué poco me gusta esta palabra!). Todo ello a pesar de que cuenta con poco más de tres personajes que se mueven dentro de un argumento aparentemente trivial, aunque con un fuerte trasfondo emotivo. Hasta se le perdona que, a veces, recurra a comparaciones y metáforas que me resultan excesivas o traídas por los pelos.

Massimo Pigliucci nos enseña en su libro «Cómo ser un estoico»

Por tortuosos caminos he terminado por dedicar algún tiempo a la lectura de textos de Filosofía y, en especial, de Filosofía Estoica. Un viaje sin pretensiones eruditas ni de una formación integral en la historia de dicha materia. Simplemente fue una curiosidad surgida a partir de algo oído en un medio y que germinó como semilla en terreno abonado.

El diario de unos niños durante la guerra, en «El gran cuaderno», novela de Agota Kristof

Dos niños, o uno desdoblado, escriben en un cuaderno sus vivencias durante un período de guerra. Sin padres que los eduquen, ellos mismos aprenden y elaboran su propia ética.

Las ocho caras de Julio Cortázar en «Octaedro», su libro de cuentos

Octaedro. s.m. 1 Poliedro de ocho caras o planos. 2 Libro de Julio Cortázar publicado en 1974 y que incluye ocho cuentos largos sin un tema común.

Las interminables peripecias de Rufo en «El rey recibe», una novela de Eduardo Mendoza

Por mucho que aprecie a los clásicos y a otros autores consagrados, por no decir confiables, ya estaba necesitando leer la obra de algún escritor vivo. Y lo he hecho con Eduardo Mendoza y su novela «El rey recibe». Después de leerla, me he enterado de que se trata del primer título de la futura trilogía «Las tres leyes del movimiento»; quizá por ello el final me ha defraudado y de ahí que, a pesar de que Eduardo Mendoza sea un autor que sigo, no creo que continúe con «El negociado del yin y el yang», el siguiente título de la serie.

Mi delito: no terminar «El proceso», una novela de Franz Kafka

Empiezo a preocuparme: otro libro que abandono, y este es de Franz Kafka. Siento que estoy cometiendo un delito, aunque, a diferencia del protagonista de este relato, yo sí sé cuál sería: incapacidad para apreciar la calidad de una obra maestra de uno de los autores más influyentes de la literatura universal. Menos mal que después de perpetrar el delito me ha consolado saber que se trata de una novela que Kafka dejó inconclusa.

¿Te atreves a pensar críticamente, como recomienda José Carlos Ruiz en «El arte de pensar»?

Durante mi pasado y errático periplo filosofal me topé con este libro. En aquel tiempo quise profundizar en la historia de la Filosofía, en especial en la de los estoicos; en uno de los descansos, en los que suelo cambiar de actividad, vi en Youtube  una conferencia de José Carlos Ruiz ( https://youtu.be/u2G5hSsC1UI ) titulada Filosofía para cuestionar el mundo que nos rodea, conferencia que seguí con creciente interés según transcurrían los minutos. Como me suele pasar, terminar el vídeo, buscar la biografía del conferenciante en wikipedia y comprar su último libro, este que comento, fue cosa de unos cuantos clics en el ordenador.

Preguntas y más preguntas acerca de «La perla», novela de John Steinbeck

Cuando se termina de leer un libro, uno suele saber si le ha gustado o no. Sin embargo, en ocasiones no sabemos por qué, sobre todo si es un buen libro. ¿Ha sido por la historia?, ¿fue la forma de contarla?, ¿no fue por tal o cual personaje que nos encantó o nos disgustó?, ¿o fue responsabilidad del estilo narrativo, abarrotado de eficaces metáforas geniales o, por lo contrario, por su sencillez, que rozaba la crudeza?, ¿acaso ese final nos ha dejado traspuestos?, ¿quizás fueron los temas subyacentes?, ¿tal vez la originalidad de la trama?

El regreso de «El amante», novela de Marguerite Duras, por Soledad Blanco

Marguerite Duras reaparece en este blog (aquí antes), en esta ocasión de la pluma de Soledad Blanco, demostración de la riqueza y capacidad evocadora de esta novela.

Conviene que nos dirijamos hacia «La sociedad del cansancio» que propone Byung-Chul Han

Sentirse aludido es el mejor acicate para continuar leyendo y esto es lo que me ha pasado con este librito de 80 páginas. Salvo por mi nombre, me reconocía por todo lo demás, en especial por mi necesidad de sentirme activo en todo momento, algo que Han relaciona con la sociedad del rendimiento en la que nos encontramos los occidentales. En esta sociedad, cada persona es, a la vez, empleado y jefe; amparado en su conciencia de libertad, esta persona decide aprovechar su tiempo al máximo de forma que no haya tiempo para el ocio ni, menos, para el aburrimiento. Y este 'no parar' deviene en incapacidad para observar su propia vida con la calma necesaria para darse cuenta del rumbo que lleva. De ahí la proliferación de enfermos neuronales que sienten vacío existencial a la menor crisis.

El campo español de la posguerra civil a través del «Viaje a la Alcarria», de Camilo José Cela

«El viajero está echado, boca arriba, sobre una chaise-longue forrada de cretona.». Así empieza este libro. No parece que un narrador armado con una cámara de vídeo nos cuenta en tiempo real lo que hace el protagonista, todo lo que ve y le sucede. Antes de empezar sabemos que el protagonista es el mismo autor, por lo que resulta algo extraña esa otra voz que no es ni la del autor ni la del personaje. Al poco, uno se acostumbra y llega a creerse que está "leyendo" una película.

Las contradicciones humanas que presenta Milan Kundera en «La insoportable levedad del ser»

Comienzo por el narrador. Hasta ahora, cuando en una novela el narrador cuenta la historia en primera persona había sobreentendido que se trataba de algún personaje, principal o secundario, con algún interés en la trama. Por eso no podría ser alguien omnisciente. En «La insoportable levedad del ser» Milan Kundera rompe los moldes y utiliza un narrador en primera persona que es, además, omnisciente. Alguien así, solo podría ser el autor, cosa que se confirma ya avanzada la novela al hablar de su proceso de escritura y de los personajes en sí. Pero este desconcierto se acrecienta porque, al menos para mí, la historia carece de un gancho que mantenga el interés del lector por continuar con la lectura ya que, aparentemente, no hay una pregunta dramática que sostenga la intriga.

Saramago se acerca a este blog con su novela «Caín»

Saramago se acerca por primera vez a este blog de la mano de Soledad Blanco. Dejemos que hable a través de ella:

«Historia de la Filosofía sin temor ni temblor», un libro de Fernando Savater

Echaba en falta un paseo por la historia de la Filosofía; este ha sido ligero, pero tan sustancioso, que he terminado con deseos de profundizar más. Muchos filósofos con tanto que decir que, inevitablemente, me he quedado con la sensación, algo culpable, de que soy injusto con ellos, por no acordarme con precisión de cuál era el pensamiento de cada uno.

La visión de Alberto Méndez en «Los girasoles ciegos»

Después de más de cuatro años escribiendo artículos en este blog he terminado por darme cuenta de que, quizás, no sea lo mejor para el lector que comente todos y cada uno de los libros que leo. Tal vez convenga reducir la frecuencia de publicación y hacerlo solo para aquellos libros cuya lectura me haya motivado especialmente. Parece de sentido común que el ritmo de lectura no tiene por qué coincidir con el de publicación en este blog. De hecho, forzar este último a aquel seguro que redunda en una menor calidad de mis comentarios. Espero no equivocarme.

La preciosista novela de Yasunari Kawabata «La casa de las bellas durmientes»

Cuando Yasunari Kawabata publicó «La casa de las bellas durmientes» acababa de dejar atrás sus primeros sesenta años de vida y le quedaban por cumplir once más. Probablemente, en aquella época vislumbraba la decadencia que, vista en positivo, debería liberarnos de las premuras carnales para dejarnos en manos de la melancolía; melancolía que no deja de ser una forma de felicidad, quizás su única forma, la del recuerdo del pasado, nunca la observación del presente ni, menos, la del futuro.

Nuevas noticias de Eduardo Mendoza en su libro «Sin noticias de Gurb»

«Tras zamparme veinticinco churros mojados en un cubo de chocolate, me dispongo a escribir estas lineas acerca de esta novela, por llamar de alguna manera a este libro o lo que sea». De este tenor debería ser un comentario medianamente coherente con esta obra.

Redescubriendo a Francisco Umbral en «Mortal y rosa»

Empecé a leer esta obra creyendo que era una novela y resultó ser un libro de memorias. Aunque, bien mirado, ¿qué novela no es autobiográfica? Recuerdo haber escuchado al autor, Francisco Umbral, que todos sus libros eran autobiográficos, ya fueran novelas, relatos, poemas o, incluso, artículos periodísticos. Desde luego, esta forma de entender la creación literaria no es original de Umbral; hace poco la compartía Javier Cercas en este artículo al confesar que «Toda novela es una autobiografía enmascarada».

El valor de las repeticiones en «Cinco horas con Mario», novela de Miguel Delibes

Como me ha sucedido en ocasiones, comencé a leer este libro con la sensación de ser uno de los pocos españoles que aún no lo había leído. Pues bien, ya he dejado de pertenecer a dicho iletrado grupo.

Abrasándome con «Todos los fuegos el fuego», de Julio Cortázar

Ocho cuentos de mi venerado Cortázar. Esta recopilación, publicada por primera vez en 1966, se une a las que ya he leído (La otra orilla, Final del juego y Alguien que anda por ahí). Como me sucedió en estos otros casos, he encontrado cuentos —tres, en este libro— que me han parecido inmejorables, alguno muy bueno y los demás —cuatro, en este caso— estupendamente bien escritos, pero con los que no he conectado.

El romanticismo de «Las penas del joven Werther», la novela corta de Johann W. Goethe

Nombrar a Goethe es como nombrar a Cervantes o Shakespeare; alguien que roza la divinidad literaria (sección romántica, en este caso). 

«Aura», el libro que te habla, de Carlos Fuentes

Nada más empezar, te impresiona que el libro se dirija a ti. Es muy poco frecuente en una novela (algo más en los cuentos) un narrador en segunda persona que parece que te hablara, precisamente a ti:
«Lees este anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más. Distraído, dejas que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de té que has estado bebiendo en este cafetín sucio y barato. Tú releerás.»

«Trabajo, consumismo y nuevos pobres», un clarividente ensayo de Zygmunt Bauman




La ética del trabajo y la sociedad de consumo, la evolución de una a otra y las consecuencias sobre los pobres. Este puede ser el resumen de este ensayo de Zygmunt Bauman, alguien que definiré como pensador, a falta de una etiqueta más concreta.

Yo venía a hablar del libro de Umbral: «Las ninfas»

Confieso que inicié la lectura de este libro con prejuicios, lo que no es ninguna novedad: Francisco Umbral, como persona, me ha parecido siempre alguien demasiado pagado de sí mismo. Ya sé que no debería dejarme influir por circunstancias no literarias, pero ¡es tan difícil no hacerlo!

El desengaño de «Comer atentos», un libro de Jan Chozen Bays

Esta vez sí voy a hacer un artículo muy corto ya que el libro no merece más.

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