Frustrado con el «Libro de Manuel», una novela de Julio Cortázar


Julio Cortázar es uno de mis escritores preferidos (mejor que «favoritos», ¿verdad?). Después de leer su cuento «El perseguidor», incluido en su libro de relatos Las armas secretas, me propuse leer la totalidad de su obra. De hecho, es el autor con más reseñas en este blog: Todos los fuegos el fuego, Deshoras, La otra orilla, Alguien que anda por ahí, Queremos tanto a Glenda, Final del juego y Octaedro. Aunque sin comentarios en el blog, también leí Bestiario y Las armas secretas. Incluso me atreví con Rayuela, su novela más celebrada.

De nuevo Gabriel García Márquez, esta vez con «El amor en los tiempos del cólera»


Cada vez que termino una novela me pregunto si el autor siguió un esquema previo o se dejó llevar. En esta ocasión, y sin tener ningún fundamento objetivo, me he convencido de que García Márquez fue arrastrado por su imaginación para llevarle a uno de los finales posibles sin que él lo tuviera decidido al comenzar a escribir.  Me atrevo a hacer esta suposición porque los protagonistas, o aparentes protagonistas, de la primera parte de la novela no son los auténticos protagonistas del resto del relato. Puedo estar equivocado, nunca llegaré a saberlo, lo sé, pero ¿esta convicción resta valor a la obra? Sí y no. Sí lo hace si se entiende esta novela como una narración improvisada en lugar de algo meditado y con una intención previa; no lo hace si vemos la novela como un producto gozoso del placer escritor de una imaginación tan exuberante como la del autor.

Inmerso en las «Meditaciones» de Marco Aurelio


Me maravilla cómo, dos mil años después de que fueran escritas, pueda yo estar leyendo estas meditaciones o reflexiones o consejos de un emperador romano que, además de ser un gran aficionado a la lectura y de tener que gobernar el mayor imperio de la época, no dejó nunca de guerrear contra los bárbaros que no dejaban de poner a prueba las fronteras; una dicotomía pensador/guerrero que cuesta desprenderse de ella mientras se lee este libro.

«El corazón helado», la larga y, aún así, excelente novela de Almudena Grandes


Y lo acabé. Son casi mil páginas; mil páginas llenas de buena literatura, pero son muchas páginas para un solo libro. ¿Un solo libro? Puede ser, pero con varias historias, algunas tan desarrolladas que por sí mismas merecerían un volumen para cada una. Esa variedad y profundidad obliga a una miríada de personajes y de tiempos narrativos que, en mi opinión, debilitan el interés del lector, pero no llegan a anularlo gracias a la minuciosa y visual prosa de Almudena Grandes. De hecho, estoy seguro de que de en ningún otro libro he anotado tantos fragmentos como en este; en muchos de esos retazos es apabullante la belleza y maestría de su factura.

El estilo de la autora demuestra un control absoluto de la técnica narrativa:
  • en las repeticiones, por ejemplo. Recurre a ellas con frecuencia y se preocupa de hacérselas evidentes al lector, que las recibe, no como torpezas sino como muestras de un estilo preocupado por el ritmo. Un ejemplo: he llegado a contar las treinta y tres veces que se repiten «las caderas de la protagonista» como «eje sobre el que gira el mundo» . Así mismo, son recurrentes las enumeraciones que se repiten, tal cual, unos cuantos párrafos más adelante.
  • en la narración en primera persona para uno de los dos protagonistas y en tercera persona para el otro, de forma que se van alternando. Gracias a ello, el lector no se pierde en ningún momento. Cada uno de los protagonistas, aunque se relacionan entre sí casi desde el comienzo, sirven como referente de sus respetivas familias.
  • en las continuas antítesis para reflejar sentimientos o emociones, como cuando dice que «el verbo creer es el más ancho, el más estrecho de todos los verbos.»
  • en la necesidad de explicar lo que sucede en más de una y dos formas diferentes, como si quisiera asegurarse de que el lector entiende bien lo que quiere decir. Para ello recurre con frecuencia a comparaciones y metáforas que confirman la portentosa imaginación de la autora.
  • en la utilización de diversas formas narrativas, como en los párrafos exentos de signos de puntuación a lo largo de varias páginas, o en la lectura de una carta intercalada con pensamientos, lectura que repite en tres ocasiones, añadiendo pequeños matices cada vez.
  • en la facilidad para mezclar los versos de un poeta con el propio discurrir de la trama; como en los de Miguel Hernández engarzados con los pensamientos del protagonista: «Hablé y hablé durante mucho tiempo, todo el que hizo falta para escarbar la tierra con los dientes, para apartar la tierra parte a parte, para minar la tierra hasta encontrar a Teresa González Puerto, y besarla en su noble calavera, y desamordazarla, y regresarla desde el fondo del hoyo en el que su hijo la había enterrado.»
Y sin embargo, este estilo puede ser su mayor debilidad ya que necesariamente deriva en una ralentización de la historia y en aumento de la extensión de la obra que, según qué lectores, puede que no sea de su agrado. De alguna forma, me recuerda a En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, una novela que se suele amar o detestar.

Mencionaré también que novelas como esta, que parten de la Guerra Civil Española o de su posguerra, me suelen provocar rabia e impotencia; rabia contra aquellos desalmados que destrozaron el proyecto de una España moderna, culta y a la vanguardia europea de libertades y derechos; e impotencia porque ya no se pueda hacer nada por remediar las consecuencias de aquello, agrandadas por la desmemoria de muchos, aun hoy, que consigue ocultar todo el terror y sufrimiento que provocó la dictadura franquista.

Termino con una pequeñísima muestra de fragmentos que he anotado y que por sí mismos ameritan la lectura de esta grandiosa, en más de un sentido, novela de Almudena Grandes:
  • A principios de marzo el sol sabe engañar, fingirse más maduro, más caliente en las últimas mañanas del invierno, cuando el cielo parece una fotografía de sí mismo, un azul tan intenso como si un niño pequeño lo hubiera retocado con un lápiz de cera, el cielo ideal, limpio, profundo, transparente, las montañas al fondo, los picos aún enjoyados de nieve y algunas nubes pálidas deshilachándose muy despacio, para afirmar con su indolencia la perfección de un espejismo de la primavera.
  • Lisette era pequeña y concentrada, azucarada y brillante, densa y los ojos rasgados, maquillados con sabiduría, los labios gruesos, rojizos, un cuerpo compacto, menudo y esbelto, con las curvas justas, muy acentuadas, y la piel lujosa, mullida, del color que tienen los caramelos de café con leche.
  • Mi interés, casi mi obsesión, por recordar datos sueltos, imágenes, palabras, acordes discordantes en la melodiosa figura del hombre que yo había conocido, sometía mi memoria a una tensión extrema de resultados engañosos, desleales con la realidad, a base de forzar interpretaciones complejas de los hechos más simples.
  • Raquel no entendió el sentido de esas palabras, pero adivinó que el repentino interés de su abuela por arrastrarles a la terraza más cercana no pretendía otra cosa que reemplazar aquellos puntos suspensivos con un punto y final.
  • Su abuelo sonreía como un niño pequeño, como un adolescente feliz, como un estudiante fervoroso, un soldado valiente, un fugitivo con suerte, un abogado tranquilo, un luchador resignado y un madrileño lejos de Madrid, como todos los hombres que había sido, como todos los que volvió a ser en ese instante, apenas un segundo, el tiempo suficiente para pensar que tal vez hubiera llegado el momento de firmar la paz consigo mismo.
  • Mi corazón volvió a desbocarse cuando entré en un gran recibidor cuadrado y vi, al fondo, un salón descomunal, y mucho más lejos aún, una terraza que parecía precipitarse en el aire, como si estuviera a punto de echarse a volar sobre el cielo de la ciudad.
  • Cuando sonreía, tu padre parecía un sol de esos que pintan los niños pequeños, un globo amarillo, coloreado hasta romper el papel y lleno de rayos.
  • Fernando no sabía estarse quieto, no había querido, no había podido aprender a dejar pasar las horas, los días, las semanas, en los niveles de actividad sostenida, rutinaria, que para los demás definían la madurez y para él no eran más que otro nombre de la inactividad.
  • Había paciencia en la mirada de su prima, paciencia y no resignación, paciencia y no humillación, paciencia y una serenidad fácil, cómoda, casi ecuánime, hasta insensible y por eso despiadada.
  • Preferían morir a vivir en España, ellos, que eran España.
  • […] en ese instante, María Muñoz descubrió que la indignación era anaranjada, fría y caliente a la vez, dulce mientras trepaba por la garganta, seca al estallar contra el paladar […]
  • […] caía una nieve tan espesa que se podían contar los copos.
  • […] ella me respondió con una mirada casi asustada, capaz de abarcar de un golpe su asombro y mi desamparo.
  • Mi corazón trepó hasta mi boca con la pericia de una mascota bien entrenada y el impacto fue tan violento que ni siquiera me fijé en que no estaba sola.
  • Mi padre era atractivo, rico, poderoso e inculto, como suelen ser incultos los hombres ricos y poderosos, no porque no sepan muchas cosas, que él sí las sabía, sino porque se comportan como si todo lo que ignoran no existiera, como si no sirviera para nada, como si careciera completamente de importancia.
  • […] abrió los ojos, que relucían como dos espejos de agua en el incendio arrebatado y adorable de su cara […]
  • […] se parecían tanto como dos barras de pan cocidas en el mismo horno, una con mucha levadura, la otra sin ella.
  • […] la guerra le había despojado con sus dedos sencillos, despiadados, de su cómodo abrigo de cinismo.
  • […] —preguntó Ignacio a su vez, mientras sus venas se llenaban de escarcha—.
  • Así pude distinguir con precisión el color del pánico, y medir en mi propio estómago el volumen de la cantidad de nada que cabe en el vacío.
  • No podía reprocharle su crueldad sin humillarme, y por eso, y porque estaba probando el sabor de la cólera, dije lo que no debería haber dicho nunca, lo que nunca había querido pensar, lo que no me había atrevido a escuchar ni siquiera de mí mismo.
  • España no era un país, sino […] un grano rebelde que, sin picar mucho, tampoco deja nunca de resultar molesto.
  • Desea el hombre una cosa, parece un mundo, luego que la consigue, tan sólo es humo, unos versos tan simples, tan complejos, tan elegantes, tan exactos, tan rotundos, tan pequeños y tan universales a la vez en aquella voz astillada, aguda y ronca, fina como el cristal, como una aguja gozosa, un arma transparente.
  • Entre quedarse con algo y quedarse sin nada, todo el mundo prefiere quedarse con algo. Eso no es elegir, es más bien no elegir, porque la nada no puede compararse excepto consigo misma.
  • El sol caía sobre nosotros como si pretendiera aplastarnos contra las aceras […]
  • Ahora ya lo sabía todo, a un lado y al otro de aquellos ojos que me quemaban, que me dolían, y que deberían ser capaces de curarme.
  • Una maleta cerrada puede llegar a ser un objeto tan triste como un sueño cumplido, desprovisto de las ilimitadas esperanzas que caben en ella cuando aún permanece abierta sobre una cama.
  • Por un instante, creí que me daba miedo, luego pensé que me daba pena, y más tarde que lo mejor sería que me diera igual.

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