Frustrado con el «Libro de Manuel», una novela de Julio Cortázar


Julio Cortázar es uno de mis escritores preferidos (mejor que «favoritos», ¿verdad?). Después de leer su cuento «El perseguidor», incluido en su libro de relatos Las armas secretas, me propuse leer la totalidad de su obra. De hecho, es el autor con más reseñas en este blog: Todos los fuegos el fuego, Deshoras, La otra orilla, Alguien que anda por ahí, Queremos tanto a Glenda, Final del juego y Octaedro. Aunque sin comentarios en el blog, también leí Bestiario y Las armas secretas. Incluso me atreví con Rayuela, su novela más celebrada.No recomendaría todos los relatos, pero una gran mayoría conseguía deslumbrarme tanto como para convencerme de que no perdiera el tiempo escribiendo. Con las novelas no tengo la misma opinión. Me costó terminar Rayuela y, Libro de Manuel, motivo de este artículo, he tenido que abandonarlo. Todo me confirma en mi idea de que Julio Cortázar fue uno de los escritores de cuentos más geniales de todos los tiempos... pero no de novelas, al menos para mí. A las novelas parece que les falta intriga, una motivación que haga que un lector quiera continuar leyendo más allá de doscientas páginas. Confieso que en Libro de Manuel en algunos momentos he llegado a pensar que el autor, conscientemente, ponía a prueba la paciencia del lector al narrar de una forma que, en mi opinión, rozaba lo absurdo. Cuando me sucedía algo así me decía que no continuara, ya que debería ser intención de Cortázar el crear una confusión así. Sin embargo, pasadas unas cien páginas en las que no veía el sentido ni el argumento de la historia, por mucho que sabía que se trataba de un ejercicio de literatura experimental, por mucho que algunas frases rezumaban la maestría de Julio Cortázar, por respeto a mí mismo, por respeto a mi tiempo, por mucho que me pese, he decidido abandonar la lectura de este libro.

Dejo un fragmento que, curiosamente, ahonda en la idea de confusión que he mencionado antes:

«Polaquita, la confusión es un término relativo —le hice notar—, entenderemos o no entenderemos, pero lo que vos llamas confusión no es responsable de ninguna de las dos cosas. Sólo de nosotros, me parece, depende entender, y para eso no basta medir la realidad en términos de confusión o de orden. Hacen falta otras potencias, otras opciones como dicen ahora, otras mediaciones como archidicen ahora. Cuando se habla de confusión, lo que casi siempre hay es confusos; a veces basta un amor, una decisión, una hora fuera del reloj para que de golpe el azar y la voluntad fijen los cristales del calidoscopio.»

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