Destrozado pero feliz tras empaparme con «La lluvia amarilla», novela de Julio Llamazares


Escuché decir a Julio Llamazares, autor de esta novela, que la auténtica literatura no se conforma con entretener sino que, sobre todo, busca provocar emociones. Hace tiempo habría coincidido con él; sin embargo, reconozco que he ido cambiando (no me atrevo a decir «evolucionando»), y ahora ya no estoy tan seguro. El no aburrimiento o «entretención», como la denomina el escritor Alejandro Zambra en su ensayo Tema libre, se da si existe emoción. Uno se entretiene jugando al parchís porque se emociona al jugar, por poco que sea. Lo que, traducido a la literatura, vendría a decir que todos los lectores buscan emocionarse, unos mediante la «entretención», otros mediante el descubrimiento de nuevas y afortunadas metáforas, otros con una intriga galopante, otros...


Pues bien, La lluvia amarilla entretiene porque emociona a lo grande. Salvo que el lector sea absolutamente insensible, sufrirá con la angustiosa soledad del protagonista y único personaje vivo durante toda la historia. No es, desde luego, un libro para ser leído en momentos de bajón existencial, pero es muy recomendable para cualquier otro momento. La belleza de la prosa roza la poesía por lo medidas que están las palabras, por su poder evocativo, además de su apego a la Naturaleza.

Pero, además, esta obra satisface al lector que no se conforme con entretenerse. Le agradarán la utilización metafórica y constante del color amarillo como sinónimo de muerte, las apasionadas descripciones del bosque y de la naturaleza en general, la capacidad para transmitir el abandono y la soledad o la multiplicidad de temas que el lector descubrirá y que el autor presenta sutílmente a lo largo de la novela, sutileza que agradezco, como lo hago cuando en una comida no descubro la presencia de los condimentos utilizados.

Termino con algunos de los fragmentos que he anotado en un intento de capturar parte del encanto del texto:
  • Pero, desde que murió Sabina, desde que en Ainielle quedé ya completamente solo, olvidado de todos, condenado a roer mi memoria y mis huesos igual que un perro loco al que la gente tiene miedo de acercarse, nadie ha vuelto a aventurarse por aquí.
  • A veces, uno cree que todo lo ha olvidado, que el óxido y el polvo de los años han destruido ya completamente lo que, a su voracidad, un día confiamos. Pero basta un sonido, un olor, un tacto repentino e inesperado, para que, de repente, el aluvión del tiempo caiga sin compasión sobre nosotros y la memoria se ilumine con el brillo y la rabia de un relámpago.
  • Nada produce a un hombre tanto miedo como otro hombre —sobre todo si los dos son uno mismo— y ésa era la única manera que tenía de sobrevivir entre tanta ruina y tanta muerte, la única posibilidad de soportar la soledad y el miedo a la locura.
  • Recuerdo que, de niño, escuchaba a mi padre historias y sucesos de otro tiempo, veía a mis abuelos y a los viejos del pueblo sentados junto al fuego y el pensamiento de que ellos ya existían cuando yo ni siquiera había nacido me llenaba de angustia y me dolía.
  • Como un río encharcado, de repente el curso de mi vida se había detenido y, ahora, ante mí, ya sólo se extendía el inmenso paisaje desolado de la muerte y el otoño infinito donde habitan los hombres y los árboles sin sangre y la lluvia amarilla del olvido.
  • Pero, ahora, la vida brotaba nuevamente en torno mío, el sol sacaba sangre de las piedras y cristales de las casas y, en medio del silencio, el grito de los bosques acentuaba más aún la sensación de soledad que, hasta entonces, había inútilmente tratado de ocultar tras la presencia indestructible y culpable de la nieve.
  • El tiempo fluye siempre igual que fluye el río: melancólico y equívoco al principio, precipitándose a sí mismo a medida que los años van pasando. Como el río, se enreda entre las ovas tiernas y el musgo de la infancia. Como él, se despeña por los desfiladeros y los saltos que marcan el inicio de su aceleración. Hasta los veinte o treinta años, uno cree que el tiempo es un río infinito, una sustancia extraña que se alimenta de sí misma y nunca se consume. Pero llega un momento en que el hombre descubre la traición de los años. Llega siempre un momento —el mío coincidió con la muerte de mi madre— en el que, de repente, la juventud se acaba y el tiempo se deshiela como un montón de nieve atravesado por un rayo. A partir de ese instante, ya nada vuelve a ser igual que antes. A partir de ese instante, los días y los años empiezan a acortarse y el tiempo se convierte en un vapor efímero —igual que el que la nieve desprende al derretirse— que envuelve poco a poco el corazón, adormeciéndolo. Y, así, cuando queremos darnos cuenta, es tarde ya para intentar siquiera rebelarse.

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