El mago Aldecoa en «El corazón y otros frutos amargos»

Cuando casi aún no me afeitaba cayó en mis manos esta recopilación de cuentos y escribí:

«Este librito me lo leí, sobre todo, en el viaje en autobús de una hora desde el trabajo a casa. Cuando me bajé de él, pensé que las nubes habían sido el medio de trasporte utilizado: me sentía flotar. Y nadie en el autobús se había enterado. Qué más puedo pedir teniendo, como tengo, la suerte de sumergirme y emocionarme con libros como éste.»


En cuanto pude, corrí a comprar los Cuentos completos de Ignacio Aldecoa.
Ahora, muchos años después, tras encontrarme por casualidad la reseña que hice, he querido releer aquel librito. No me ha defraudado.

Dije y digo 'librito' porque es una edición de sesenta páginas que publicó Alianza Editorial dentro de una colección de cien títulos llamada «Alianza Cien» a razón de cien pesetas (0,60 de los actuales euros) cada volumen. Normalmente, por ese precio y ese número de páginas, cada obra no tenía más que un cuento, pero El corazón y otros frutos amargos incluía un cuento homónimo y otros tres más: «Balada del Manzanares», «Chico de Madrid» y «... aquí un poco de humo», en este orden.

Desde el comienzo se descubre un estilo lleno de comparaciones y metáforas. Por prejuicio o por enseñanzas mal aprendidas, me he puesto en guardia. Un estilo demasiado literario para mi gusto estético. Además, el argumento de «El corazón y otros frutos amargos», el cuento que da nombre a la recopilación además de iniciarla, parecía trivial. Sin embargo, quizás por la capacidad de adaptación del ser humano o porque, seguramente, la bella prosa de Aldecoa termina atrapando, aparqué mi censor interno. Desde ese momento, cuento a cuento, las emociones fueron creciendo. Regresaban vivos algunos momentos de mi pasado. La magia de la lectura. Re-vivir, nada menos. Otro asunto es que apetezca o no que esas antiguas emociones ocupen tu presente y  tambaleen tus bien asentadas y queridas convicciones, gracias a las historias de unos personajes que poblaron la España de los años sesenta y setenta.

... Y aquí unos pocos fragmentos:

  • Siente que el corazón se le alarga, que al corazón le ha nacido algo desconocido hasta ahora. Y piensa en las raíces amarillas de las humildes plantas de los caminos de su tierra.
  • Las tapias son altas como las de un cementerio, blancas como las de una plaza de toros, tristes como las de una cárcel de ciudad provincial. Y toda la calle es como un gran patio solitario, donde se siente casi muerto, tiene miedo del minuto que llega y anda como un preso, contando los pasos.
  • El sol se levantaba de un brinco, pero luego le costaba moverse.
  • A los novios les gusta repetir los nombres; a los jefes les gusta repetir los apellidos.
  • El pan con miel y las nueces, acompañados de brasero, de agua con azúcar y del bisbiseo de doña Ricarda, en trance de oración antes de las historias, sabe a antiguo con un sabor de desvalimiento y ternura, con un calor de regazo. Andrés se acurruca en sí mismo. Andrés imagina que a los franceses los manda un tigre con cabeza de hombre; que África, Cuba y Filipinas son países donde los españoles matan infieles y comen plátanos; que las guerras carlistas son una carrera sin parada, de un lado a otro, con un fusil, una manta y unas alpargatas de repuesto; que la muerte es una señora muy alta, muy alta, y muy delgada, muy delgada, vestida de negro y apoyada en un bastón con puño de muletilla, que le sirve para llamar a las puertas. A la muerte dedicaba cada sesión doña Ricarda cosa de un cuarto de hora.

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