Yo también hablo de «El guardián entre el centeno», novela de J.D. Salinger

 


He aquí un libro que no deja indiferente. O te enamoras de él o lo odias. O descubres mil facetas de la naturaleza humana que te confirman lo que ya sospechabas, o no encuentras ningún sentido a los tres días en los que transcurre la aparentemente trivial aventura de Holden, el protagonista adolescente. O alucinas con la habilidad del autor para caracterizar a cada uno de los personajes a través de sus diálogos, sobre todo a los más jóvenes, o reniegas del lenguaje barriobajero, muchas veces soez, de Holden. O...

Como casi siempre, una novela no es más que un espejo en el que se refleja el lector: si lo que ve en el novela/espejo le gusta o, lo que es lo mismo, se reconoce a sí mismo en algún aspecto, la obra colmará sus expectativas; en caso contrario buscará hasta encontrar motivos para justificar su desagrado. Es más, cuanto mejor sea el libro más bruñido será el espejo y mejor reflejo dará. Y «El guardián entre el centeno» 'refleja' estupendamente bien. A propósito del título, me parece genial de tan intrigante, en especial al aparentar una nula relación con el argumento. Podría ser tanto una historia detectivesca como de ciencia ficción. No es ni la una ni la otra. Es necesario avanzar bastante en la historia para encontrar su origen, a la vez visual y metafórico.

Me reconozco prejuicioso con los libros famosos de los que todo el mundo habla, para bien o para mal, y por ello fui demorando la lectura de «El guardián entre el centeno» hasta que el número de recomendaciones que recibí superó el de ninguna otra obra. No tuve excusa, a pesar de que ya no era el adolescente para el que suele recomendarse esta obra.

En conjunto podría parecer una historia que rezuma desesperanza por la humanidad, al comprobar cómo se comportan los adultos, aun los más respetables. Sin embargo, no es difícil encontrar pequeños relámpagos que impiden que nos caigamos por el precipicio.

Si para disfrutar de cualquier novela conviene que no juzguemos mientras leemos y que nos dejemos llevar, en esta es imperativo ver con los ojos del muchacho protagonista para llegar a entender cómo piensa y siente. Si lo hacemos, sufriremos con él y nos rendiremos a la maestría de esta novela.

Unos pocos fragmentos que no me he resistido a anotar:

—Si me sintiera un poco mejor, tendría que llamar al médico —dijo Spencer.

Le ponía negro que le llamara «tarado». No sé por qué, pero a todos los tarados les revienta que se lo digan.

Buddy Singer y su orquesta tocaban esa canción que se llama «Just one of those things», y por muchos esfuerzos que hacían no lograban destrozarla del todo.

No hay sala de fiestas en el mundo entero que se pueda soportar mucho tiempo a no ser que pueda uno emborracharse o que vaya con una mujer que le vuelva loco de verdad.

Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de esas.

Antes yo era tan tonto que la consideraba inteligente porque sabía bastante de literatura y de teatro, y cuando alguien sabe de esas cosas cuesta mucho trabajo llegar a averiguar si es estúpido o no.

Lo más gracioso es que tenía al lado a una señora que no dejó de llorar en todo el tiempo. Cuanto más cursi se ponía la película, más lagrimones echaba. Pensarán que lloraba porque era muy buena persona, pero yo estaba sentado al lado suyo y les digo que no. Iba con un niño que se pasó las dos horas diciendo que tenía que ir al baño, y ella no le hizo ni caso. Sólo se volvía para decirle que a ver si se callaba y se estaba quieto de una vez. Lo que es ésa, tenía el corazón de una hiena. Todos los que lloran como cosacos con esa imbecilidad de películas suelen ser luego unos cabrones de mucho cuidado. De verdad.

… es muy difícil estar esperando a que alguien termine de pensar y diga algo.

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