De nuevo Gabriel García Márquez, esta vez con «El amor en los tiempos del cólera»


Cada vez que termino una novela me pregunto si el autor siguió un esquema previo o se dejó llevar. En esta ocasión, y sin tener ningún fundamento objetivo, me he convencido de que García Márquez fue arrastrado por su imaginación para llevarle a uno de los finales posibles sin que él lo tuviera decidido al comenzar a escribir.  Me atrevo a hacer esta suposición porque los protagonistas, o aparentes protagonistas, de la primera parte de la novela no son los auténticos protagonistas del resto del relato. Puedo estar equivocado, nunca llegaré a saberlo, lo sé, pero ¿esta convicción resta valor a la obra? Sí y no. Sí lo hace si se entiende esta novela como una narración improvisada en lugar de algo meditado y con una intención previa; no lo hace si vemos la novela como un producto gozoso del placer escritor de una imaginación tan exuberante como la del autor.

Otra muestra más de la forma de narrar «sin mapa» es lo que yo llamo escritura arbórea: a partir de un personaje cuenta la historia de sus padres, después la historia de estos y así sucesivamente, dedicando un gran número de páginas a minirelatos que embellecen la escritura, pero que no aportan nada sustancial a la trama y, más bien, nos apartan de ella, dejando claro que, para el autor, importa más el camino que el destino (perdón por la reiterada aliteración, creo que se me ha pegado algo del estilo de García Márquez).

Como en el resto de obras que he leído de este autor, en esta hace gala de un sutil y constante sentido del humor, como en la graciosísima descripción del pene en el primer encuentro sexual de Fermina Daza con su marido, el doctor Juvenal Urbino, gracias a los comentarios de ella y al esfuerzo pedagógico de él. No falta, tampoco la utilización constante del olor (almendras amargas, pestilencia del barrio de los esclavos, ciénagas,  letrinas desbordadas, pescado frito, tierna vaharada de mierda, cuervos perfumados, el olor a viejo...); ni, como ya anticipé, una continua, buscada y acertada utilización fonética como en «las casas escasas estaban escondidas» o en «primero pelado como un melón y luego más peludo que un león».

Termino por mencionar los dos aspectos que menos me han gustado:

  • La utilización de un narrador en primera persona del plural hace creer al lector que aquel participará de alguna manera en la trama, situación que no se produce o yo no la he encontrado.
  • Una cierta complacencia con el machismo imperante en la época de la narración, como en la burda alabanza de una violación cuando se le hace decir a una mujer que está buscando a su violador porque lo ama.

Sin duda, como el resto de la obra de Gabriel García Márquez, esta es una novela para disfrutar de la belleza de cada una de sus frases, por su deslumbrante visualidad, más que por el interés de la historia contada, cuyo final se presume muy pronto.

Por fin, algunos de los muchos fragmentos que he anotado:

  • Estaba desnudo por completo, tieso y torcido, con los ojos abiertos y el cuerpo azul, y como cincuenta años más viejo que la noche anterior.
  • A pesar de sus años, que no eran menos de cuarenta, seguía siendo una mulata altiva, con los ojos dorados y crueles, y el cabello ajustado a la forma del cráneo como un casco de algodón de hierro.
  • En verano, un polvo invisible, áspero como de tiza al rojo vivo, se metía hasta por los resquicios más protegidos de la imaginación, alborotado por unos vientos locos que desentechaban casas y se llevaban a los niños por los aires.
  • Por eso no lo trataba como a un anciano difícil sino como a un niño senil, y aquel engaño fue providencial para ambos porque los puso a salvo de la compasión.
  • Otra cosa bien distinta habría sido la vida para ambos, de haber sabido a tiempo que era más fácil sortear las grandes catástrofes matrimoniales que las miserias minúsculas de cada día. Pero si algo habían aprendido juntos era que la sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada.
  • Pero el examen le reveló que no tenía fiebre, ni dolor en ninguna parte, y lo único concreto que sentía era una necesidad urgente de morir.
  • Le parecía tan bella, tan seductora, tan distinta de la gente común, que no entendía por qué nadie se trastornaba como él con las castañuelas de sus tacones en los adoquines de la calle, ni se le desordenaba el corazón con el aire de los suspiros de sus volantes, ni se volvía loco de amor todo el mundo con los vientos de su trenza, el vuelo de sus manos, el oro de su risa.
  • Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado.
  • Ambos miraron entonces a Fermina, y vieron su magnífico perfil de oropéndola más afilado que nunca contra el incendio del atardecer.
  • Él la soltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo.
  • Nadie sabía nada, en una ciudad donde todo se sabía, y donde muchas cosas se sabían inclusive antes de que ocurrieran.
  • Parecía de un sexo más definido que el del resto de los humanos.
  • Sentía la forma del hígado con tal nitidez, que podía decir su tamaño sin tocárselo. Sentía el gruñido de gato dormido de sus riñones, sentía el brillo tornasolado de su vesícula, sentía el zumbido de la sangre en sus arterias.
  • Sin darse cuenta, empezaba a diferir sus problemas con la esperanza de que los resolviera la muerte.
  • Entonces él extendió los dedos helados en la oscuridad, buscó a tientas la otra mano en la oscuridad, y la encontró esperándolo. Ambos fueron bastante lúcidos para darse cuenta, en un mismo instante fugaz, de que ninguna de las dos era la mano que habían imaginado antes de tocarse, sino dos manos de huesos viejos. Pero en el instante siguiente ya lo eran.
  • Cuando terminó de desahogarse, alguien había apagado la luna.
  • Era evidente que todo era de primer uso y acabado de comprar a propósito para el viaje, salvo el cinturón de cuero marrón, muy usado, que Fermina Daza notó al primer golpe de vista como una mosca en la sopa.
  • Pues habían vivido juntos lo bastante para darse cuenta de que el amor era el amor en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte.

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