Sigo desorientado tras releer «La tercera mentira», de Agota Kristoff

En pocas novelas como en esta me ha costado tanto empezar a escribir sobre ellas. Normalmente hay algún aspecto que resalta sobre los demás y que me sirve de chispa para iniciar el comentario. Con La tercera mentira no solo no he encontrado ese punto de arranque sino que me mantiene desconcertado. ¿Fue esta la intención de la autora, ofuscar al lector, romperle sus esquemas? Nunca lo sabremos.


En mi caso sí sé que ha sido una lectura concéntrica. Me explico. Cuando terminé de leer este libro por primera vez, hace seis meses, aún no sabía que se trataba de la última parte de la trilogía Claus y Lucas (las dos primeras son El gran cuaderno y La prueba, comentadas en este blog, aquí y aquí, respectivamente), de forma que creí que me faltaban los antecedentes necesarios para una comprensión global de la historia. Por tanto, sentí la necesidad de empezar por El gran cuaderno y continuar con La prueba. Así lo hice; ahora he vuelto a leer La tercera mentira y estoy casi más desorientado que antes de leerla por segunda vez. Al final, cierro el círculo para no saber en qué punto del mismo me encuentro.

Hasta La prueba creí seguir la historia; según comenzaba La tercera mentira despejaba dudas; mediada esta novela creí ver la luz, pero, según avanzaba hacia el final, las certezas se diluían, de forma que cuando terminé me pregunté si no debería volver a leer otra vez La tercera mentira. Busqué y no encontré consuelo en internet.

No quiero continuar dando vueltas al mismo asunto ya que temo marear al paciente lector que ha llegado hasta aquí. Solo terminaré diciendo que no he disfrutado con la lectura de esta novela ni, en conjunto, con la trilogía de Claus y Lucas aunque reconozca la originalidad narrativa y el atrevimiento de mostrar descarnadamente los desgarros humanos que deja la guerra, cualquier guerra, por muy justificada que pueda parecer.

He aquí algunos fragmentos del libro que me han parecido interesantes:
  • Le contesto que trato de escribir cosas que han ocurrido de verdad pero que, en un momento dado, la historia se hace insoportable por su misma verdad y entonces me veo obligado a modificarla. Le digo que intento contar mi historia pero no puedo, no tengo valor, me hace mucho daño. Entonces lo embellezco todo y describo las cosas no como sucedieron sino como yo querría que hubieran sucedido.
  • Por muy triste que sea un libro, nunca puede ser tan triste como la vida.
  • El sol se pone y el cielo se cubre de color naranja, amarillo, violeta, rojo y otros colores que no tienen nombre.
  • Está nevando. Los copos, al caer sobre la hierba amarilla del jardín, sobre la tierra negra, hacen un ruido mojado.
  • Me acuesto y, antes de dormirme, hablo mentalmente a Lucas, como vengo haciendo desde hace muchísimos años. Le digo más o menos lo de siempre. Le digo que, si está muerto, tiene suerte y que me encantaría estar en su lugar. Le digo que a él le ha correspondido la mejor parte, que yo debo llevar la carga más pesada. Le digo que la vida es de una futilidad total, que no tiene sentido, es aberración, sufrimiento infinito, invento de un No-Dios cuya maldad rebasa la comprensión.
  • Eres demasiado bueno para mí, hijo mío. No tengo ganas de jugar. No tengo ganas de nada, he perdido el gusto de todo. Ni siquiera las cosas que sueño son interesantes, no sueño más que tonterías.

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