«Sé amable contigo mismo», o como dejarte ayudar, por Kristin Neff

«La vida consiste en trabajar todo el día y culparse por esos momentos en los que no se está trabajando». Por esta única frase decidí leer Clavícula, la novela probablemente autobiográfica de Marta Sanz: ¿Acaso me conocía la autora?, pensé. Necesité leer el libro para comprobarlo. La verdad es que en el capítulo en el que aparece dicho fragmento casi no se desarrolla la idea; me habría gustado comprobar si había alguna «cura» contra una vida tan esclavizante como se sugiere; pero la semilla no germinó.


Cuando una amiga me aconsejó que fuera más compasivo conmigo y me recomendó que leyera el libro de Kristin Neff, Sé amable contigo mismo, tuvo que producirse algún cortocircuito neuronal dentro de mí que me hizo recordar aquella frase de Clavícula. Acaso la necesidad de trabajar y de culparnos si no lo hacemos, ¿es una presunta artimaña que tiene el «sistema»?, ¿no es sinónimo de no ser amables con nosotros mismos?, ¿y si fuera verdad que teniendo compasión conmigo mismo consiguiera no sentirme obligado a trabajar o, por lo menos, no sentirme culpable si no lo hago?, ¿y cómo consigo ser amable conmigo mismo? No lo dudé, tenía que leer Sé amable contigo mismo, a pesar de mis prejuicios en contra de los libros de autoayuda.

Sin embargo, ha sido una lectura fugaz que parte de una idea interesante: nuestra mente nos bombardea a cada instante con pensamientos, muchos pensamientos, dicen que varios miles al día, y la mayoría son negativos. Se supone que si actuamos al capricho de esos «pensamientos errantes» seremos una de esas personas ansiosas y, por tanto, infelices. Si los reconocemos y no les damos pábulo terminarán por disminuir su número y viviremos más centrados. Algún sentido hay. Como el que te propone que compres en la bolsa de valores cuando los precios son bajos y vendas cuando los precios son altos. Pero si fuera fácil todos seríamos millonarios. Volviendo a los pensamientos, aun reconociendo que la mayor parte de nuestros pensamientos negativos nos perjudican, no podemos desechar todos ellos: a algunos pensamientos tendremos que hacer caso, salvo que queramos convertirnos en piedras.

Aun suponiendo que fuera cierto lo anterior, nos quedaría la peor parte: no tenemos un botón que al pulsarlo desaparezcan los pensamientos negativos; como mucho podríamos dejarlos ir. ¿Será suficiente? Por si fuera así, voy a intentar estudiar algo de mindfulness, o atención plena, la técnica con un presunto aval científico que más se recomienda para aprender a dejar que fluya la corriente de pensamientos sin que nos arrastre.

De cualquier manera, si la humanidad ha llegado hasta donde está debe de ser porque ese bombardeo de pensamientos favorece la evolución (¡pero qué insatisfacciones produce en el día a día!).

Para finalizar, unos cuantos e interesantes fragmentos:

  • La única manera de sentir verdadera compasión hacia uno mismo consiste en tomar conciencia de que esos ciclos neuróticos del ego no son por propia elección, sino que son naturales y universales. Dicho de otro modo, se trata de aceptar nuestros defectos con honestidad: forman parte de nuestra herencia humana.
  • La autocrítica es una conducta de sumisión porque nos permite degradarnos ante personas imaginarias que emiten su juicio sobre nosotros. Y entonces compensamos nuestra sumisión con unas cuantas migajas.
  • El auténtico tesoro que nos ofrece el «mindfulness», su ventaja más sorprendente, es que nos brinda la oportunidad de responder en lugar de limitarnos a reaccionar.
  • Cuando empezamos a basar nuestra autoestima en el rendimiento, las cosas que más satisfacciones nos reportan en la vida pueden pasar a convertirse en tareas muy pesadas. El placer se convierte en dolor.
  • La maravilla de la existencia cotidiana supera en mucho nuestra capacidad de captarlo todo, pero con solo apreciar una pequeña parte podemos incrementar nuestra felicidad en gran medida.

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