A propósito de Julio Cortázar, «Alguien que anda por ahí»

Voy a terminar por no leer más a Cortázar ya que, aunque sin entenderlo siempre, no dejo de llenar libretas con los fragmentos que anoto. Y eso que no he leído ni la cuarta parte de los 89 cuentos que escribió, si no he contado mal.


Tiendo a creer que tengo autores favoritos, de los que me tiene que gustar todo lo que escriban. De la misma manera que si uno es simpatizante de un determinado partido político parece que debe estar de acuerdo con todo lo que haga o diga dicho partido, y en contra de todos los demás. Debe ser una corriente de afinidad que recorre nuestro cerebro para hacernos sentir que pertenecemos a un grupo, que somos de algún clan y no unos apátridas. Si acepto este hecho, casi biológico, debo decir que no es que me guste Julio Cortázar, sino que hay cuentos de él que me gustan mucho, otros que no me gustan tanto y, también, otros que no me gustan nada o casi nada.

Por ejemplo, respecto de su libro de cuentos, Alguien que anda por ahí, que acabo de releer, unos relatos me han parecido sublimes, como estos:

  • «Vientos alisios».
  • «Apocalipsis de Solentiname».
  • «La barca o Nueva visita a Venecia».
  • «Las caras de la medalla».
  • «La noche de mantequilla».


Otros no me han gustado especialmente, como:

  • «Cambio de luces», por su final decepcionante.
  • «Segunda vez». Cuento algo tenebroso acerca del funcionariado y del trato que se da al público.
  • «En nombre de Bobby».
  • «Alguien que anda por ahí». Da título a esta recopilación, pero no es el mejor, para mí.


Y estos otros, que me han gustado menos:

  • «Usted se tendió a su lado»: Lo he abandonado por la mitad, ya que no entendía nada.
  • «Reunión con un círculo rojo». Algo aburrido, por confuso.


Dicho lo anterior, en lo que nunca me defrauda Cortázar es en la calidad de su prosa; por la utilización precisa de las palabras, por las frases asombrosamente claras por muy largas que sean, por las incomparables metáforas, por las aparentemente sencillas descripciones de escenas que inundan nuestra imaginación... Es cierto que ese discurrir por tan elegantes veredas literarias, a veces, no me lleva a ningún sitio y la historia me deja insatisfecho; pero aún así, mientras dura el camino, hay disfrute (emulando torpemente a Antonio Machado).

He aquí una brevísima, y aún así más extensa de lo habitual, muestra de fragmentos que he anotado:

  • «De Adriano se borraban en seguida los ojos, el pelo, la ropa; sólo quedaba la boca grande y sensible, los labios que temblaban un poco después de haber hablado, mientras escuchaba.»
  • «Valentina miró una y otra vez la boca de Adriano, la miraba al desnudo en ese momento en que el tenedor lleva la comida a los labios que se apartan para recibirla, cuando no se debe mirar.»
  • «Cuando el saludo de Dora lo hizo volverse, su sorpresa era tan mínima, tan civil, que Valentina se sintió aliviada.»
  • «—La vida es una sala de espera —dijo el señor calvo, pisando el cigarrillo con mucho cuidado y mirándose las manos como si ya no supiera qué hacer con ellas...»
  • «En casos así hay que hacerse la estúpida para que no la tomen a una por estúpida.»
  • «Sin sorpresa, sin humildad, casi sin maravilla, la vio surgir en la penumbra dorada de Orsanmichele, brotando del tabernáculo de Orcagna como si una de las innumerables figurillas de piedra se desgajara del monumento para venir a su encuentro.»
  • «Entraba un grupo de turistas norteamericanos precedidos por la voz nasal del guía. Los separaron sus caras vacuamente ávidas, falsamente interesadas en la pintura que olvidarían una hora después entre spaghetti y vino de los Castelli Romani.»
  • «Querer es más que recordar o prepararse a recordar.»
  • «Tengo miedo del tiempo, el tiempo es la muerte, su horrible disfraz.»
  • «Todo lo que se posee es la muerte porque anuncia la desposesión, organiza el vacío a venir.»
  • «Valentina y yo nos entendemos a fuerza de no entendernos.»
  • «Usted, como pasa tantas veces, no hubiera podido precisar el momento en que creyó entender.»
  • «Y después de todo sólo nos quedaba, nos queda la lúgubre tarea de seguir siendo dignos, de seguir viviendo con la vana esperanza de que el olvido no nos olvide demasiado.»
  • «Se besaron en las mejillas, quizá no demasiado rápido como cuando en las mejillas, pero en las mejillas.»


Queda abierta la veda para rebatirme. Atreveos y comentad más abajo.

2 comentarios:

  1. Qué decir de Cortázar que no se haya dicho ya, Javier. Tan didáctico en sus clases de literatura y tantas oscuro y movedizo en el resto de su obra, para catarlo a trozos, si me permites decirlo así, de puro transgresor. La literatura tendría un roto enorme sin él. De acuerdo con lo que dices de su prosa cautivadora, certera como un dardo en la diana.

    Gracias por traerlo.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es como dices. Con Cortázar no hay más remedio que sentir agradecimiento y, a la vez, envidia; lo primero, por hacernos creer que somos mejores de lo que somos, al ser capaces de apreciar la maravilla de su prosa; lo segundo, por hacernos sentir peores de lo que somos, al ser conscientes de que nunca escribiremos como él.

      Muchas gracias por pasarte por aquí, y por comentar, Marian.

      Un abrazo.

      Eliminar

Redes sociales