Reflexiones tras leer "El busto del Emperador", relato de Joseph Roth

Se cree que hace unos dos millones y medio de años que los primeros homínidos caminaron por el planeta; unos 200.000 años que el homo sapiens se irguió orgulloso frente al resto de animales, y poco más de 6.000 los años que han transcurrido desde que se garabatearon los primeros símbolos que se convertirían en escritura y que iniciarían la historia de la humanidad. 6.000 años que no han sido suficientes para liberarnos de los pensamientos cuasimágicos, como lo son:

  • La necesidad de tocar madera para evitar la mala suerte, entre muchas otras situaciones semejantes.
  • La creencia de que alguien que camina delante de nosotros nos está viendo.
  • Estar seguros de nuestra inmortalidad al circular a 200 kilómetros por hora, o al lanzarnos en parapente desde riscos a cientos de metros, o al seguir fumando a pesar de las evidencias de sus efectos cancerígenos.
  • El sentimiento identitario: la idea de que por pertenecer a un equipo de fútbol, a un país, a una asociación; o por contar con unos gustos determinados, cuanto más excéntricos, mejor, se es algo más que los otros, los que son diferentes.
  • El sentimiento religioso ligado a la existencia de un ser superior o de una vida después de la muerte.
En todos estos casos, aun sabiendo que la ciencia no avala nuestras suposiciones, sensaciones o sentimientos, creemos lo que nos dice nuestra conciencia ancestral, que apreciamos como nuestro yo más profundo, como el más auténtico. Estoy convencido de que esta situación se da porque así le ha convenido a la evolución del género humano; estoy seguro de que el pensamiento cuasimágico colaboró para que la especie sobreviviera a lo largo de los siglos, en especial al comienzo, permitiendo la protección entre los miembros de un mismo clan; sin embargo, dudo que hoy la prevalencia del pensamiento cuasimágico no sea más un lastre que una ventaja. Y así debió de pensar Joseph Roth cuando escribió este relato, El busto del Emperador, allá por 1934.

El busto del Emperador es justo eso, una escultura que los antiguos súbditos del imperio austrohúngaro trataban como símbolo de la patria perdida después de la Primera Guerra Mundial. No son las personas, ni sus costumbres o su cultura, ni siquiera los bosques o las montañas los que definen la nación, es el busto del depuesto emperador; lo que se idolatra es esa masa de arcilla moldeada con forma de cabeza humana. A eso parece reducirse la identidad de las personas. El fan de Star Wars se disfraza para hacer ver su pertenencia al clan de los admiradores de Han Solo; el que lo es del Real Madrid no tiene rubor en vestir a su hijo de ocho años con la camiseta blanca de su equipo. ¿Se identifican y se definen así? ¿Acaso tienen una única identidad? ¿No pueden ser fans, a la vez, de Star Wars y del Real Madrid? Pues parece que no mucho, que ser muy fan de algo limita serlo de lo demás ya que el tema "fanatizado" necesita toda la atención de la persona, como si se cometiera traición al prestar atención a otro asunto.

Se pueden tener muchos gustos, pero identidades, pocas o una sola; identidad que, en muchas ocasiones, da sentido a la existencia de una persona. Esta podría ser la razón evolutiva del pensamiento cuasimágico que subyace en los sentimientos identitarios: calmar la ansiedad por el sinsentido de la existencia humana al aportar una razón para ella mediante la protección que aporta el grupo al que se pertenece. Pero hoy, en mi opinión, y creo que en la de Joseph Roth, una vez cumplida dicha misión evolutiva en los últimos miles de años, los sentimientos identitarios, lejos de aportar seguridad ni, menos, felicidad, están en el origen de una buena parte de los conflictos que golpean al género humano.

Para terminar, algunas frases que he anotado:
  • Como todos los austríacos de aquella época, Morstin amaba lo permanente dentro de la constante transformación, lo usual dentro del cambio y lo conocido dentro de lo inusual. De este modo, lo extraño se le hacía familiar sin perder su color; y de este modo, la patria poseía la eterna magia del extranjero.
  • Érase una vez una patria, una patria verdadera, a saber: una patria para los “apátridas”, la única patria posible.
  • Era la sociedad que, en todas las capitales del —en general, vencido— mundo europeo, irreversiblemente decidida a vivir de la carroña, criticaba el pasado, saqueaba el presente y proclamaba un glorioso futuro con boca saciada y, sin embargo, insaciable.
  • El conde Morstin se sintió como si ya fuera su propio cadáver.
  • El pueblo no vive de la política mundial ni de nada que se le parezca, y en eso se diferencia positivamente de los políticos. El pueblo vive de la tierra que labra, de los bienes con los que comercia, de la artesanía que tan bien conoce.
  • He visto —escribe el conde— cómo los listos pueden volverse tontos; los sabios, necios; los verdaderos profetas, mentirosos; y los amantes de la verdad, falsos. No hay virtud humana perdurable en este mundo, excepto una: la verdadera devoción. La fe no puede decepcionarnos, puesto que no nos promete nada en la tierra. La verdadera fe no nos decepciona porque no busca ningún beneficio en la tierra. Aplicado a la vida de los pueblos, esto significa lo siguiente: los pueblos buscan en vano eso que llaman las virtudes nacionales, más dudosas aún que las individuales. Por eso odio las naciones y los estados nacionales. Mi vieja patria, la monarquía, era una gran casa con muchas puertas y muchas habitaciones, para muchos tipos de personas. Esa casa la han repartido, dividido, la han hecho pedazos. Allí ya no se me ha perdido nada. Estoy acostumbrado a vivir en una casa, no en múltiples compartimentos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Redes sociales