Novela y tecnología

Inicio mi blog sobre novela y tecnología, o tecnología y novela, con un ejemplo reciente de la dificultad de entendimiento entre dichas materias, que me recuerda mucho la incomprensión entre un cristiano con un musulmán o un seguidor del Real Madrid con uno del Barcelona o un intelectual de derechas con uno de izquierdas o, llegado el caso, un admirador de Bob Dylan y otro de Justin Bieber.

No se trata de evidenciar dos casos cualesquiera de filosofías contrapuestas, sino el de dos personas a las que sigo habitualmente en sus manifestaciones en los medios de comunicación. Además, a ambas las admiro especialmente, más que por lo que dicen, que también, si no por lo que no dicen, por el sustrato que está detrás de lo que dicen.

En un artículo que leí en el diario Expansión, Enrique Dans terminaba diciendo que somos “arcaicos” los que no comulgamos con la filosofía que prevalece entre los jóvenes: “si no comparto, me falta algo”, de forma que “exigen vivir en conexión permanente, compartiendo todo lo que hacen con otros”. Después de leerlo, alguien como yo, sin un criterio asentado y meditado de lo que está bien o mal en relación con las nuevas tecnologías, puede pensar que se está perdiendo experiencias por prejuicios contra las nuevas tecnologías. En concreto, me acuerdo de aspectos tales como la conectividad constante, última gran aportación de aquellas gracias a la ubicua “nube”.

Algún tiempo después, en el suplemento dominical de El País, el escritor Javier Marías decía que: “cuanto más contacto voy teniendo con las nuevas tecnologías –qué remedio-, más convencido estoy de que […] son un ídolo con pies de barro y, por supuesto, un peligrosísimo instrumento de control y dominación de la gente.”, aunque a lo largo de la frase deja abierta la puerta a reconocer algunos los beneficios de las nuevas tecnologías. Después de dos días intentando asumir las bondades de la conectividad constante, Javier Marías siembra una duda razonable (¿o no tanto?)

Pues bien, esta divergencia de opiniones, tan manifiesta que parecen irreconciliables, procedentes de dos supuestas mentes privilegiadas son las que me provocan estas reflexiones. En general, tiendo a pensar que, si los problemas están debidamente planteados y argumentados, y si tienen solución, debiera llegarse a ella una vez se eliminen los elementos extraños que molestan en el proceso, llámese cultura, intereses, prejuicios o cualesquiera otros. Pero parece que no es así: en este tema, como en tantos otros, la mera inteligencia, por muy elevada que sea, no puede desprenderse de alguno o varios de los condicionantes anteriores para expresar lo que ya no sería una opinión si no una verdad indiscutible. Por tanto, para bien o para mal, otra vez se nos deja sin referentes a los que agarrarnos y nos toca decidir por nosotros mismos, que es más incómodo pero mucho más interesante.



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