"La muerte de Iván Ilich", la novela de León Tolstoi, ¿es un libro de autoayuda?

Hay libros a los que uno no se cansa de volver, como "La muerte de Iván Ilich", la novela corta o relato largo de León Tolstoi, con poco más de noventa páginas. No recuerdo cuántas veces he leído esta historia. Regreso a ella cuando creo que empiezo a olvidarla. Como cuando uno vuelve al lugar donde jugó de niño para convencerse de que no fue solo un sueño.


Como les sucede a las buenas novelas, esta narración de Tolstoi no necesita un argumento complicado, solo unos pocos personajes definidos con mimo y contar algo que afecte a la sustancia de la naturaleza humana. Ese "algo" no es único, depende de cada lector, de lo que yo llamo "configuración neuronal" o, su propia historia personal. En "La muerte de Iván Ilich", para mí, ese algo es la aprobación social a toda costa que, gran parte de nosotros, buscamos a cualquier precio; aprobación por la que, si llega, se paga un precio personal que no somos conscientes de abonar hasta que, tal vez, ya es demasiado tarde.

Como el propio título anticipa, la novela acaba con la muerte del protagonista, pero lo que interesa es el viaje hasta ese momento, descrito con una crudeza que no olvida la necesidad humana de la compasión. Todo un libro de filosofía de noventa páginas disfrazado de novela para hacerlo más efectivo, y elevarlo a la categoría de obra maestra gracias a la pluma de Tolstoi. Justamente, a lo que aspiraría cualquier moderno tratado de autoayuda.

Me resulta llamativa la cercanía en su esencia de relatos como "El buscador", incluido en el libro "Cuentos para pensar", de Jorge Bucay, o como la novela "El desierto de los tártaros", de Dino Buzzati. Como en la "La muerte de Iván Ilich", ambos libros utilizan el momento de la muerte como medio para que el lector sea consciente de la vida no vivida. Por eso, no me resulta descabellado decir que no solo es conveniente tomar menos Prozac y hasta menos Platón (que me perdone Lou Marinoff) sino más, mucho más Tolstoi.

Termino con las frases que he seleccionado. Espero que os gusten tanto como a mí:

Había cambiado mucho, estaba aún más delgado que la última vez que Piotr Ivánovich lo había visto, aunque, como pasa con todos los muertos, el rostro era más hermoso y, sobre todo, más expresivo que de vivo. Era como si dijera que había hecho lo que tenía que hacer, y además de una manera correcta. También podía leerse un reproche o una advertencia a los vivos.
Lo mismo que antes Piotr Ivánovich había juzgado necesario persignarse, ahora sabía que debía estrechar la mano de esa mujer, emitir un suspiro y exclamar: «No le quepa duda». Y eso es lo que hizo. Entonces se dio cuenta de que había logrado el resultado apetecido: ambos se habían conmovido.
Al pensar en los sufrimientos de un hombre al que había conocido tan de cerca, primero como muchacho alegre, en la escuela, luego ya de adulto, como compañero, Piotr Ivánovich se horrorizó, olvidado por un momento de la penosa impresión que le causaba su propia hipocresía y la de la mujer que le acompañaba. Volvió a ver la frente del difunto, la nariz asaltando el labio superior, y sintió miedo por sí mismo.
Iván Ilich no tenía el propósito claro y definido de casarse, pero, cuando la muchacha quedó prendada de él, se hizo la siguiente pregunta: «En realidad, ¿por qué no habría de casarme?».
En realidad se daban cita allí todos los ingredientes que caracterizan las casas de las familias de cierta fortuna que quieren pasar por ricas, y que, en consecuencia, tanto se parecen unas a otras: cortinones, madera de ébano, flores, tapices, objetos de bronce, tonos oscuros y brillantes: en suma, todos los aditamentos de los que se vale cierta clase de gente para parecerse a todas las personas de cierta clase.
Iván Ilich mira al médico como si quisiera preguntarle: «¿Es que nunca te avergonzarás de mentir?». Pero el médico se desentiende de esa pregunta muda.
Tenía la impresión de que alguien quisiera meterlo sin contemplaciones en un saco estrecho, negro y profundo, que lo empujaban una y otra vez, pero no conseguían que pasara por el agujero.
Lloraba por su impotencia, por su espantosa soledad, por la crueldad de los hombres, por la crueldad de Dios, por la ausencia de Dios.
El matrimonio… tan imprevisto y tan decepcionante, y el mal aliento de su mujer, y la sensualidad y la hipocresía. Y esa labor estéril, y las preocupaciones por el dinero, y así un año, dos, diez, veinte: siempre lo mismo.
Comprendía que su tormento consistía no solo en que lo hubieran arrojado a ese agujero oscuro, sino, aún más, en que no acababa de entrar del todo en él. Se lo impedía el convencimiento de que su vida había sido ejemplar. Esa justificación de su vida era lo que le mantenía encadenado, le impedía avanzar y le atormentaba más que ninguna otra cosa.



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