La lectura o "El placer que no tiene fin", de William Ospina

No me queda más remedio que hablar del artículo El placer que no tiene fin, del escritor colombiano William Ospina (¿cuándo dejaremos de adjetivarnos con la nacionalidad de cada cual?) Trata de la lectura de obras de ficción y de sus circunstancias y forma parte del conjunto de artículos incluidos en la obra La decadencia de los dragones, publicado en 2002.


El título ya se las trae, pues apela a una doble idea: la de un placer interminable y la de un placer sin objeto. Como lector que soy, es un artículo que me refuerza en mis convicciones, me reafirma en la idea de los beneficios de la lectura, en aspectos tales como la creatividad. Lástima que este tipo de reflexiones no suelan ser leídas por quienes deberían ser sus principales beneficiarios: los no aficionados a la lectura.

William Ospina comienza por ofrecernos un aspecto de apariencia trivial, pero que nos pone en la pista de otros de más enjundia:

Hay objetos que saben respetar nuestro ritmo y objetos que nos imponen el suyo. Hay objetos que nos hacen desdeñar o rechazar lo que está cerca, y en cambio le conceden siempre la prioridad a lo que está lejos. Y algunos de esos objetos amenazan, diría yo, con convertirnos en esquivos animales de sangre fría.

Efectivamente, ese respeto del libro por su lector, otorga a este una autoridad que no tienen otros objetos. Es como si el libro hablase al lector para hacerle ver que él está ahí para adaptarse a él y no al revés, como sucede con el cine, la televisión u otros soportes. Cuando Ospina escribió este ensayo (2002), aún no se había extendido el apego obsesivo que se tiene actualmente por los teléfonos móviles (o celulares); aquella era la época de la televisión (otra pantalla, por otra parte); televisión que, como el cine, el teatro, etc. obliga a una actitud pasiva por parte del sujeto que la usa, como consecuencia de la ocupación simultánea y completa de dos sentidos: la vista y el oído. En la lectura solo se necesita el sentido de la vista, pero es necesario que el cerebro interprete lo leído y lo "rellene" con el mundo interior de cada uno. William Ospina lo dice mejor:

[...] la principal diferencia entre el cine y la lectura radica en que el cine es fundamentalmente un arte de la percepción, y la lectura un arte de la imaginación.

Y el propio Ospina echa mano de otro autor, Friedrich Nietzsche, para insistir en este planteamiento:


Lo que le gustaba [a Nietzsche] de los libros es que no pueden dárnoslo todo, que le hacen mayores exigencias a nuestra imaginación, y que por ello nos reclaman ser también creadores, poner en juego nuestra memoria y nuestro propio ritmo personal.


Exacto, coincidimos, ese es el aspecto que más valoro de un libro, sobre todo de la narrativa de ficción: la potenciación de la creatividad, consecuencia de que los libros no nos den todo, al pedirnos que seamos nosotros los que completemos la historia. Quizás por esto, porque activan la creatividad, es por lo que los políticos sean tan reacios a promover la lectura.

Y llegamos a algunas de las frases más llamativas del libro que, en el fondo, no dejan de dar vueltas a la misma idea:

Leer es vivir lo que se lee, leer es dejarse conducir por el texto, leer es casi convertirse por un rato en lo que se está leyendo. Borges decía que quien pronuncia una frase de Shakespeare es, literalmente, Shakespeare.


Para terminar esta referencia al ensayo de William Ospina, ahí va una enumeración de los beneficios que aportar la lectura, dichos de una forma mucho más brillante que la que yo intenté hace unos meses en este artículo:


Leer puede servir para muchas cosas; puede darnos información, puede ayudarnos a comprender el mundo, puede ayudarnos en nuestra formación para alcanzar tal o cual propósito, pero en rigor, ésos son beneficios secundarios de la lectura. Leer es es sí mismo un placer tan grande, un deleite a la vez sensorial e intelectual tan rico, es algo que confiere tal intensidad a nuestro presente, que pone en acción de un modo tan enriquecedor nuestras facultades, que deberíamos considerarlo como un fin en sí mismo, o mejor aún, como un deleite superior a los resultados que se obtengan con él.

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