Duelo de lectores


    —Ya veo que estás leyendo en el Kindle, abuelo. ¿Qué tal?

     —No está mal, pero sigo prefiriendo leer en un libro de verdad, en papel.

     —¿Y no te gusta que puedas cambiar el tamaño de las letras para que no tengas que forzar la vista?

     —Ahí te doy la razón. El otro día aumenté el tamaño hasta que sólo cupo una palabra por página.

     —O sea, que también te gusta jugar.

     —Claro, y ese es un problema que le veo a este aparatito. Me distraigo mucho más que cuando estoy leyendo un libro de papel. Llevo unos minutos leyendo, veo un iconito que no conocía y me pregunto para qué sirve. Total que lo toco. Me manda a una pantalla nueva, intento volver atrás, pero me equivoco. Después de media hora, apago el Kindle y lo vuelvo a encender. ¡Cinco minutos de lectura y treinta de distracción!

     —Lo que te pasa a ti me pasa a mí multiplicado por cien con la tablet. Que dudo del significado de una palabra, abro la app de la RAE; que se menciona una ciudad que desconozco, allá que voy a la Wikipedia. Sin contar con que cada dos por tres aparece una alerta de recepción de un mensaje de email o de WhatsApp.

     —Entonces, ¿tampoco te gusta leer libros en la tablet?

     —Para nada, solo leo en la tablet. Me encanta poder resaltar lo que me gusta y dejarlo anotarlo en Evernote para los restos. Y alucino cuando empiezo un libro en la tablet y, más tarde, lo abro en el smartphone, justo por la misma página que lo dejé en la tablet, sin que yo haya hecho nada.

     —Es decir, que lo de menos es la lectura, que lo que te gusta es el mundillo tecnológico; el libro es como una excusa.

     —Un poco sí.

     —Pues a mí me sigue gustando más el tacto del papel, su olor y hasta ...

     —¿Incluso cuando las hojas se ponen amarillas y se caen?

     —Más todavía. Me gusta un libro "sobado", que haya sido leído una y otra vez.

     —Veo que tu Kindle se va a morir de asco.

     —¿Lo quieres? Te lo doy, no lo necesito.

     —¿Sabes si tiene wifi?

     —Ni idea.

     —Da igual. Así lo pruebo y lo comparo con la tablet y el smartphone.

     —Pues es tuyo; toma... ¡ay, se me ha resbalado!, ¡estas manos viejas!

     —¡Abuelo!

     —Lo siento, ha sido sin querer.

     —Se ha partido la pantalla.

     —No te preocupes, te compraré otro.

     —No hace falta, me manejo bien con el smartphone y la tablet.

     —Si hubiera sido un libro no se habría roto. Como mucho se habrían doblado unas cuantas páginas.

     El nieto afirmaba con la cabeza mientras palpaba su smartphone para asegurarse de que continuaba en el bolsillo trasero de su pantalón.

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