De cómo encontré la belleza de "Los viejos marineros", novela de Jorge Amado



"Lo que les llevaba a apoyar al comandante, a enfrentarse con Chico Pacheco y su temible lengua era la necesidad, sentida por todos ellos, pobres y tímidos, jubilados y retirados de sus negocios, de sentirse partícipes de una parcela de heroísmo. Por más circunspecto que se una hombre, por comedida que sea su vida, hay dentro de él una llama, a veces una chispa, capaz de transformarse en un incendio si se presenta la ocasión. Es ella la que les exige huir de la mediocridad, aunque sea por medio de las palabras de una historia oída o en las páginas de un libro, huir de la monotonía de los días iguales, pequeños y cansinos."


Así pues, Jorge Amado deja bien claro cuál es el objeto de la lectura de un libro: vislumbrar el aspecto heroico, trascendente que todos llevamos dentro. El escritor pone sobre el papel ese fundamento heroico de sí mismo, ese sentido extra-animal, no forzado por la propia biología ni por la sociedad humana. Quizás, sea este el motivo por el que me interesa tanto leer: encontrar esos rayos heroicos de los hombres y mujeres que han escrito los libros que leo. Y esta, desde luego, es una de las novelas en donde he encontrado no ya rayos sino toda una tormenta de lucidez; es tan bueno (sí, ya sé, esta palabra debería estar prohibida, por ambigua), que su autor se permite desvelar la moraleja del libro sin que éste pierda un gramo de su fuerza.

En primer lugar, sorprende la forma en la que está escrito. Es un texto claro, sin palabras rebuscadas ni segundas intenciones en cada frase: el propio autor se encarga de explicar los aspectos que pueden ser más complejos. Hay una pretensión continua de facilitar su lectura. Es como si hablara de nuestra familia, siendo el escritor uno de sus miembros. Da gusto leerlo.

En cuento a la estructura de la narración, la encuentro envidiable. Es sorprendente cómo consigue generar situaciones en las que el lector se siente inducido a creer en un sentido o en otro: el comandante Vasco Moscoso de Aragón ¿es un farsante o es víctima de las calumnias? El magistral desenlace final es el summum de la ambigüedad.

Pero además de una forma tan deliciosa, este libro da mucho más de sí. No sobra nada de lo que dice o de lo que quiere decir o de lo que quiere que el lector piense. El meollo: la realidad versus los sueños. ¿Cuál es más verdad? Pero esta pregunta sería menos importante que esta otra: ¿qué es mejor para la vida, o dicho de otra forma, cómo se vive más intensamente? Una posibilidad, aferrándose a la realidad (Chico Pacheco: el inspector pragmático, pero envidioso), o soñando (Vasco: el comandante que se burla de la realidad, pero que es profundamente honesto consigo mismo).

Y cuanto más se reflexiona sobre ello más incertidumbres nos surgen. Creo que Jorge Amado no pretende trasmitirnos ninguna certeza; más bien al contrario, intenta sembrar la duda sobre la naturaleza de la vida y sobre nuestra convencional e inercial forma de entenderla y, sobre todo, de vivirla. Algo parecido al escepticismo esperanzado de Montaigne, en versión clara, franca y cercana.

Como me suele ocurrir, después de la lectura intensa de un buen libro, he mantenido durante un tiempo una especie de filtro que me hace ver a través de él las cosas que me sucedían. Por lástima, o por suerte, esa visión se va diluyendo hasta desaparecer casi (y este casi es importante) del todo.

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