Primer capítulo de "Viento", mi novela

Gracias a Serial Ediciones, ya está publicada mi primera novela, "Viento".

Como es natural, supongo que te gusta "catar" una novela antes de decidirte a invertir tiempo y dinero en ella. Es lo que yo hago y no espero menos de ti.


Por ello, aquí tienes un jugoso aperitivo que, espero, lo aproveches: el primer capítulo COMPLETO. Puedes leerlo a continuación, dentro de este mismo artículo, pero si prefieres hacerlo en una tablet o en un móvil, puedes bajarte un archivo en formato epub desde AQUÍ, o en formato pdf desde AQUÍ.

Espero que disfrutes de esta lectura. En todo caso, ya sabes que tienes a tu disposición el espacio de comentarios que aparece más abajo.


Viento, novela de Javier Peñas
©Todos los derechos reservados

Capítulo 1

Imposible. No había forma de que Jon evitara el recuerdo del día en el que Luis murió en accidente de avión. Agarrado a su asiento en el Boeing 747 con destino a Nueva York, se esforzaba por atraer pensamientos agradables. Sin embargo, los únicos resultados de aquel empeño fueron unas manos blancas, sin sangre, de tanto apretar los dedos contra los reposabrazos. Aún era Jon un niño cuando su hermano tuvo el accidente, pero el miedo refrescaba la memoria.
El haz de luz que entraba por la ventanilla del Boeing se movía de un lado a otro. Su hermano Luis. Se contó cincuenta y cuatro pulsaciones en los treinta segundos que estuvo mirando el reloj. El aparato se desplazaba tranquilo hacia el arranque de la pista de despegue. Solo se oía el zumbido de los motores. Jon cerró los ojos al detenerse el avión y se apoyó con fuerza contra el respaldo de la butaca. Supuso que una energía sobrehumana se reconcentraba en las tripas de aquel ingenio para explotar y lanzarlo al cielo, como si se tratara de un dardo.
No tardó la aeronave en moverse de nuevo para acelerar con furia hasta alcanzar los 290 kilómetros por hora que necesitaba para separarse del suelo. Una puerta del compartimento del equipaje de mano, situado sobre las cabezas de los pasajeros, se abrió y un crío comenzó a llorar. Jon sudaba mientras se preguntaba si las vibraciones las provocaba un flap desajustado o los baches de la pista. De poco le servían los pensamientos positivos que había memorizado en el curso intensivo que recibió para eliminar el pánico a volar. Índices de riesgo y fórmulas de física aprendidas que eran arrastradas por el tsunami de ideas negativas que le asaltaban. Consiguió acordarse de una de aquellas reflexiones que, bien mirado, no debía incluirse entre las positivas: «Si el aparato se estrella sobrevolando tierra firme hay más probabilidades de obtener ayuda que si el accidente tiene lugar en medio del océano». Cuando el morro del Boing 747 empezó a levantarse, Jon murmuró en voz baja «Alea iacta est». Los oídos se le taponaron, primera fase de un estado que terminaría con su muerte, imaginó. Se dejó llevar y esperó a que los ansiolíticos le hicieran efecto para que, al menos, la conclusión de su vida fuera indolora. Luis seguía dentro de él.

«… hasta que alcancemos la altitud de crucero, por favor, sigan con los cinturones abrochados y mantengan el respaldo de su asiento en posición vertical», escuchó Jon inmerso en la somnolencia sudorosa en la que se encontraba. Creyó entender a la voz enlatada que aterrizarían en Nueva York a las 14:45. Le pareció ver que su reloj marcaba las 12:45. ¿Significaría aquello que había conseguido dormir seis horas y que aterrizaría al cabo de dos? Cambió de postura para incorporarse y volvió a mirar el reloj con una mezcla de preocupación y esperanza. Al final del pasillo, una pantalla indicaba en tiempo real la ubicación del avión en un mapa, mediante una línea roja discontinua que partía de Madrid y terminaba en Nueva York. Según esa pantalla, sobrevolaban algún punto de la frontera entre España y Portugal. En ese momento cayó en la cuenta de que la hora a la que se refería la tripulación debía de ser la local en Nueva York. Aún le quedaba casi todo el vuelo por delante. Bajó de golpe la cortinilla y alargó el brazo para dirigir la salida de aire hacia la cara. Cerró los ojos. «Mejor no pensar», se dijo. Sabía que debajo de la bodega del equipaje solo existía el vacío, la nada, a lo largo de unos cuantos kilómetros hasta llegar al suelo o, lo que era peor, dentro de poco, al agua del océano que, desde esa altura, era más sólida que un bloque de hormigón armado. Recordaba cómo el fuselaje de los aviones estrellados parecía hecho de cartón relleno de espuma amarilla. Se le ocurrió que era como si volasen en el interior de una ilusión adornada a conciencia para evitar el pánico.
—¿Podría subir la cortinilla? —pidió a Jon la mujer del asiento de al lado. Como Jon no pareció darse por aludido, ella insistió elevando el tono de voz.
—Discúlpeme, pero preferiría no subirla —respondió por fin Jon con los ojos cerrados.
Ella cogió una revista y pasó las páginas con energía. «Algunas personas son más previsibles que el mal aliento», pensó Jon a la vez que absorbía el olor a queroseno que inundaba la cabina por si los efluvios de aquel carburante pudieran servirle como narcótico. No fue así, aunque se acordó de aquella cena con su mujer y su hija, ambientada con fragantes coles de Bruselas, de hacía ya unos cuantos meses.

* * *

«Creo que voy a nominar a ese listo, se lo tiene muy creído», dijo uno de los participantes en el programa de televisión mientras no dejaba de palparse el lóbulo de su oreja.
Mónica, de brazos cruzados, no apartaba la vista del plato lleno de coles de Bruselas.
«¿No le vas a decir nada?», dijo Elisa con los ojos dirigiéndose a Jon. Ella alcanzó el mando a distancia.
«El Ibex ha bajado un 4,5%, la mayor caída de… Asegure lo que ama… El perfume de…» siguió vomitando el televisor. Después, escenas callejeras de violencia con disparos de la policía. Y el olor de las coles. Jon maldijo para sí el mando de la televisión y preguntó a Elisa por el día que había tenido en la tienda, una mercería a la que los ladrones le tenían afición. La noche anterior volvieron a entrar. Robaron poco, pero fue suficiente para que Jon junto con Elisa y Merche, la socia de su mujer, tuvieran que estar toda la noche con la policía. A media mañana, Jon volvió al trabajo. La cita con los de Recursos humanos le salvó esa vez; de aquella reunión quería hablar, pero las coles se lo impedían.
—Sabes que no me gustan, papi —dijo Mónica haciendo pucheros fingidos. Otra vez quería que su padre le contara un cuento.
—Anoche vi mal a Merche, ¿has vuelto a hablar con ella, cómo está? —preguntó Jon a su mujer.
—Me ha llamado ella, está tan campante, y eso que no ganamos ni para pagar el seguro.
—El comercio es lo que tiene. Ya os dije a ti y a tu socia que…
—Déjalo, Jon, por favor. Mejor dile algo a tu hija, a ver si empieza con la cena.
Mónica seguía mirando a su padre. Como siempre, Jon tendría que improvisar. Miró la marina encima de la falsa chimenea. «Coles flotando sobre el infierno», pensó.
—¿A que no sabes cómo se llama esa col que tienes en el plato y que te mira mientras las demás se hacen las locas? —preguntó Jon a su hija.
—Colinda —respondió Mónica sonriendo.
—¿Cómo lo has sabido?
—Siempre llamas igual a las coles, papi.
Mónica partió una de las piezas por la mitad y la pinchó con el tenedor. La olió un momento antes de introducírsela en la boca.
—Encima, el seguro no cubrirá todas las pérdidas del robo —continuó Elisa, menos irritada al ver que su hija había empezado con las verduras. Aunque poco, Jon sintió alivio porque el quebranto solo fuera de la mitad, ya que el otro cincuenta por ciento tendría que asumirlo Merche.
—Son unos cabrones, los del seguro, casi más que los atracadores —dijo Jon acordándose de las veces en las que había dicho a Elisa que no se podía tener una tienda en una calle tan mal iluminada, sin un cierre metálico en condiciones y hasta sin una alarma conectada a una central de seguridad.
—Mira, papi, me estoy comiendo las coles —dijo Mónica.
—Colinda era una col especial. Mientras que todas sus hermanas eran de Bruselas, ella era de Brujas —continuó el padre.
—¿Y por qué era de Brujas?
—Porque era mágica —puntualizó Jon, satisfecho de la desaparición de la mitad de las verduras del plato de Mónica—. Cuando se hicieron mayores, las demás coles no dejaban de meterse con Colinda por ser diferente: era más alargada y puntiaguda que sus hermanas. Un día, llegaron dos agricultores y dijeron «ya podemos arrancar las coles, ya han madurado. Metamos estas en el cesto para venderlas. Deja fuera a esa, la larguirucha; se la llevaremos al príncipe, como regalo de cumpleaños para que, cuando se haga mayor, sea un rey sabio.»
Jon terminó el cuento de Colinda de cualquier manera al tiempo que a Mónica solo le quedaba una col. Elisa se la quitó de mala gana y le puso un postre de gelatina de fresa.
Ya no entraba claridad por la ventana del salón y el noticiario amenazaba con fuertes vientos para los días siguientes. Jon no pudo más y dijo:
—Me han ofrecido un puesto en la central de Nueva York.
—¿Y? —preguntó Elisa.
—Lo he rechazado.
Su mujer lo miró sin hablarle. Jon dudaba de que le hubiera entendido. Ella debía seguir dando vueltas al asunto de la tienda. Estaba decidido a repetir lo dicho cuando se adelantó Mónica hablando con la boca llena de gelatina:
—Eso está lejísimo ¿no?
—Sí, está lejísimos. Pero da igual, no voy a ir porque…
—Ya vale Mónica —cortó Elisa— es hora de irse a la cama.
—Hoy es viernes y mañana no tengo cole —dijo Mónica con voz quejumbrosa.
—Ya es tarde.
Mónica se levantó, abrazó a su padre hasta dejarle casi sin respiración, dio un beso a su madre y se fue a su dormitorio. Elisa habló de lo que tenía que hacer para volver a la normalidad en la tienda, de la policía y del seguro, pero ni una palabra del comentario de Jon. No se le escapó ni un solo «has hecho bien, cariño». Lo más importante para ella era la mercería, suponía Jon. Si al menos hubiera sido una franquicia tipo women’secret. Una esmirriada mercería. Para él no era más que una rutina que su mujer se empeñaba en continuar, sustentada en el miedo a reconocer su propio fracaso y que había transformado la ilusión de la apertura de la tienda en un malestar profundo que hacía que cada mañana se levantase de mal humor.
Continuaron los dos sentados en la mesa, callados, viendo en la televisión un reportaje que ofrecían sobre el vuelo sin motor. De improviso, Jon se levantó, quitó el mando a distancia a su mujer y cambió de canal.
—Perdona, no me había dado cuenta —dijo Elisa— ¿Cómo ha sido lo de ofrecerte a ti ese puesto, no es un poco raro?
—Quieren mandar a alguien de confianza.
—No me digas que no hay más gente con ese perfil en tu empresa.
—Puede ser, pero esta vez han pensado en mí. Eso es lo importante. —Como Elisa no decía nada, Jon continuó—. Es una pena, tanto tiempo esperando una promoción y cuando me la ofrecen, tengo que rechazarla. La verdad es que me encantaría ir a Nueva York.
Elisa no respondió y se limitó a recuperar el mando a distancia. En el televisor seguía el cacareo de los asistentes a una tertulia sobre política. Al final, ella desconectó el aparato y se pusieron a recoger la mesa en silencio. Jon retiró el mantel de lino, no sin antes deslizar la palma de la mano por todo él para quitar las migas de pan. Recordó que la mujer que les vendió el mantel les dijo que lo tocaran, que sintieran la tela. Lo compraron en una tienda para turistas en Ibiza. «Mucho amor», remarcó la vendedora mientras acariciaba el paño. Con tanta pasión parecía hacerlo que la dependienta rozó su mano con la de Jon, ocupado en palpar los hilillos entrecruzados del fruncido de los bordes. Se estremeció, al tiempo que olía el perfume de pachuli que flotaba en la tienda. Más tarde, Elisa y él se encontraban en la calle como dos lagartos bajo el sol y con un lienzo de lino que utilizaron a modo de parasol. Jon volvió a oler a coles y a la tienda ibicenca mientras plegaba el mantel con cuidado y lo colocaba en el aparador.

Elisa seguía en la cocina y Jon prefirió ir a la habitación de Mónica, al fondo del pasillo. Quería preguntarle si le había gustado el cuento de Colinda, pero se la encontró dormida. La miró y se vio a sí mismo. Oyó su respiración, infantil y rítmica, reposando sobre una almohada estampada con notas musicales. La vida abriéndose paso entre los muñecos de Disney y el olor a chicle y a lapiceros de cera. En un póster pinchado con chinchetas en una de las paredes, Mónica había dibujado un bigotazo con un rotulador rojo a un Bob Esponja que jugaba con sus amigos. «¿Qué pensaría Bob Esponja si supiera que le habían puesto ese bigote?», pensaba Jon, «primero se reiría con ganas y luego preguntaría quién se lo había hecho para jugar con su autora. Seguro», continuó. Acarició el pelo de Mónica casi sin tocarlo, le dio un beso y salió de la habitación.

Elisa hojeaba un magacín de moda sentada en la cama junto a Jon, que leía el último número de National Geographic. Pronto empezaron a pesarle los párpados. Se introdujo en el lecho mientras se preguntaba cómo serían de fríos los ataúdes en el cementerio del poblado esquimal que acababa de ver en la revista. Se giró, dio la espalda a su mujer y apagó la luz.
—¿No estarías hablando en serio con lo de que te gustaría ir a Nueva York? —preguntó Elisa, pasados unos minutos. Los pensamientos de Jon, que el sueño empezaba a dispersar, regresaron de inmediato al centro de su conciencia.
—No sé —dijo él algo aturdido.
—Jon, aquí tenemos nuestra vida.
—Me gustaría y no me gustaría ir.
—Si quieres, mañana hablamos, hoy he tenido un mal día, con el robo en la tienda y todo lo demás —dijo Elisa antes de apagar la luz.
—Vale.
—Has hecho lo correcto al rechazar el puesto, puedes estar seguro —finalizó Elisa con un bostezo.

Media hora después, la respiración de Elisa ya era sonora y rítmica. Jon miraba una grieta del techo. Su mujer quería pintarla para que no se viera. Él sabía que eso no bastaba, que se necesitaría hacer obra. Con los ojos hechos a la oscuridad, distinguía la cómoda y su espejo, el cuadro, el armario y la puerta. Aún olía a coles. Se incorporó y se bajó de la cama. Sintió el frío en los pies desnudos, atravesó el salón y salió a la terraza. El vaho que exhalaba era espeso. No le importó, continuó examinando los edificios de alrededor y el poco tráfico que había en las calles. Algunos pisos seguían con las luces encendidas. Se sorprendió de lo clara que era la luna y de la cantidad de estrellas que podía ver. «¿Qué hago aquí congelándome?», se preguntó, «y sin embargo, me siento fenomenal, aunque tendría que haberme puesto la bata o, al menos, unas zapatillas». Los dientes comenzaron a castañetearle.
—Malditos aviones —dijo, mirando las estrellas. Cerró la puerta de la terraza y entró en la vivienda.

Regresó al dormitorio. Elisa dormía de costado y Jon amoldó su cuerpo al de ella. Se preguntó si algún día lamentaría perder aquella calidez.

-------

Si te ha gustado, puedes adquirir la novela a través de la página web de la editorial (tienda Serial Ediciones), sin gastos de envío para la España peninsular, o en cualquiera de las librerías físicas que aparecen AQUÍ.

2 comentarios:

  1. Hola, Javier:

    Me gustó este primer capítulo, cómo vas de las coles al robo, del avión al hermano, de Nueva York a la terraza. Sí, me gustó y te felicito.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Laura; tu comentario es muy importante para mí.
      Un saludo.

      Eliminar

Redes sociales