¿De qué va "El sentido de un final", la novela de Julian Barnes?

Dos días he tardado en leer este librito y seis los que ha estado dándome vueltas en la cabeza, por ese final que no me deja tranquilo y que arranca con el principio, con su título.

La novela tiene dos partes: una primera con un ejercicio de memoria que empieza en la infancia del narrador y que llega hasta el presente, desde el que se cuenta la historia en primera persona. Y una segunda donde se narra un pasado mucho más próximo al momento de la narración, con un acontecimiento inesperado que trastoca el mundo apacible del protagonista (¿protagonista?) Tony Webster.

Mientras que la primera sección es un intento de descripción de un pasado lejano que no volverá, contado desde una cierta melancolía, no mucha, la segunda parte es, sobre todo, una autopsia emocional de Tony Webster. Una especie de monólogo que surge al enfrentarse con un acontecimiento sobrevenido. ¿Cómo de falsa es la realidad que conocemos?, parece querer preguntarnos el autor. Si nada es como creemos, quiénes somos nosotros, que nos hemos modelado según las referencias que tomadas del exterior desde que el momento en el que nacimos.

Un libro con un buen número de facetas y de espejos a los que mirarse y descubrir otros "yoes", todo ello con una prosa fácil de leer y con un agradable tono intimista. Además de una segunda parte más interesante que la primera, más convencional y relajada. En definitiva, una novela corta muy recomendable, a pesar de dejarnos con algunas preguntas sin responder al final, por lo menos a mí.

He aquí, unas cuantas frases que he anotado. Son bastantes, y revelan el conocimiento de la naturaleza humana que tiene el autor, natural considerando que terminó de escribir este libro cuando se acercaba los 65 años:

... era un ignorante cauteloso que carecía de la inventiva de la auténtica ignorancia.
La historia es la certeza obtenida en el punto en que las imperfecciones de la memoria topan con las deficiencias de documentación.
Y después la vida tomó las riendas y el tiempo se aceleró. En otras palabras, me busqué una novia.
Yo sólo sabía dejarme caer y tratar de hacer comentarios interesantes mientras esperaba echarlo todo a perder.
Más adelante, en la vida, confías en descansar un poco, ¿no? Crees que te lo mereces. Yo sí, en todo caso. Pero entonces empiezas a comprender que a la vida no le incumbe recompensar el mérito.
Además, cuando eres joven piensas que puedes predecir los sufrimientos y la desolación que es probable que te depare la edad. Te imaginas solo, divorciado, viudo; los hijos se alejan de ti, los amigos se mueren. Te imaginas la pérdida de tu posición, la pérdida del deseo… y la capacidad de suscitarlo. Puedes ir más allá y pensar en la muerte que se avecina y que, a pesar de la compañía que puedas procurarte, hay que afrontarla siempre solo.
Pero lo que seguimos mirando son los ojos, ¿no? Es en ellos donde buscamos a la otra persona, y todavía los encontramos. Los mismos ojos que estaban en la misma cara cuando nos conocimos, nos acostamos, nos casamos, fuimos de luna de miel, firmamos una hipoteca, hacíamos las compras, cocinábamos e íbamos de vacaciones, nos amábamos y engendramos una hija. Y eran los mismos que cuando nos separamos.
Se me ocurre que aquí puede residir una de las diferencias entre la juventud y la vejez: cuando somos jóvenes, nos inventamos futuros distintos para nosotros mismos; cuando somos viejos, inventamos pasados distintos para los demás.
Estaba decidido a ser educado, inmune a la ofensa, persistente, pesado, amistoso: en otras palabras, a mentir. 
Pero el tiempo…, el tiempo primero nos encalla y después nos confunde. Creíamos ser maduros cuando lo único que hacíamos era estar a salvo. Pensábamos que éramos responsables pero sólo éramos cobardes. Lo que llamábamos realismo resultó ser una manera de evitar las cosas en lugar de afrontarlas. El tiempo…, que nos den tiempo suficiente y nuestras decisiones más sólidas parecerán temblorosas, nuestras certezas fantasiosas.
Porque la madurez decepciona, del mismo modo que tarde o temprano decepcionan todos los cambios políticos e históricos. Lo mismo que la vida. A veces pienso que el sentido de la vida es menoscabarnos para que nos reconciliemos con su pérdida final, demostrando, por mucho tiempo que tarde, que la vida no es tan buena como la pintan.
… la historia eran las mentiras de los vencedores? «Bien, siempre que recuerdes que es también los autoengaños de los derrotados».

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